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Alterar la mente

Si algo caracteriza al ser humano como especie es su mente. Por eso las sustancias que la alteran, conocidas de manera genérica como “drogas”, han sido tradicionalmente vistas como dañinas.

Drogas

Algunas, como la mariguana (Cannabis), el peyote o el opio (y su componente activo, la morfina), son conocidas desde hace cientos o quizá miles de años, y su uso forma parte de prácticas rituales, religiosas o terapéuticas. Otras, como la heroína, el éxtasis o el LSD, han sido diseñadas en laboratorios químicos, y su uso, muchas veces inicialmente médico, derivó, cuando se conocieron sus efectos, en que se convirtieran en drogas “recreativas”.

Alcohol

Es una molécula sencilla, formada por sólo nueve átomos: dos de carbono, uno de oxígeno y seis de hidrógeno. Pero es capaz de provocar cambios importantes en la conducta humana, y eso la ha convertido en un componente importantísimo de nuestra cultura, de la que forma parte desde la era neolítica, hace unos 9 000 años.

Las endorfinas son sustancias naturales sintetizadas por el cerebro que, entre otras cosas, alivian el dolor como sólo pueden hacerlo los opiáceos que incluyen a la morfina, la heroína y la codeína. Sin embargo, las endorfinas no tienen los efectos secundarios que acarrean las drogas al sistema nervioso.

Hay una explicación científica para los deportistas fuera de serie: poseen una combinación genética preparada para batir marcas. Con los avances en terapias génicas, los expertos se plantean si el resto de atletas tendrá que modificar su genoma para poder competir en igualdad de condiciones, algo no permitido por las autoridades deportivas. Además, la complejidad del ADN amenaza con echar por tierra los controles de dopaje genético, al no poder distinguir entre variantes genéticas naturales o introducidas. Algo similar ocurrió con los controles de género.

 Terry Southern es uno de los pioneros y maestros del llamado Nuevo Periodismo.

El texto drogado. Dos siglos de droga y literatura, Alberto Castoldi, traducción de Francisco Martín, Anaya y Mario Mucknik, Madrid, 1997, 280 págs.