Por todas partes encontramos ejemplos de la proliferación de un color, el verde, que nos recuerda a todas horas la presencia de materia viva en nuestro entorno. El verde, como ya saben, es mucho más que una distinción de las plantas. Podemos comprender su grandeza e importancia sin necesidad de estudiar botánica, y sin embargo, de todas las maneras de observarlo, la más saludable es la que más nos acerca a la naturaleza.

Los amantes de la naturaleza saben que hay dos tipos de especies invasoras: las dañinas y las letales. Esa unanimidad ha sido fomentada, con razones de la más diversa índole, desde el mundo científico, penalizando aún más a aquellas criaturas que corrompen el equilibrio de un ecosistema y conquistan el espacio que habitaba alguna especie en peligro de extinción.

Una investigación publicada en la revista Science por un equipo dirigido por Chris Darimont, profesor de Geografía en la Universidad de Victoria (Canadá), presenta una nueva visión detrás de las extinciones de fauna generalizadas.

Suena como el argumento de una película hollywoodense de ciencia ficción. Una especie exótica está muriendo. Su única esperanza es que una remesa de óvulos fertilizados artificialmente, creados a partir del ADN procedente de algunos de los últimos supervivientes de su linaje, sean revividos en un mundo futuro en el que (con suerte) las condiciones sean más adecuados para este animal.

Mencionemos la palabra biodiversidad a un urbanita y probablemente, en lugar de un aparcamiento vacío a la vuelta de la esquina, aparezcan en su mente imágenes de una remota belleza natural. La vida silvestre, pensamos, debería encontrarse en lugares salvajes, o confinada en santuarios y parques nacionales. Sin embargo, la investigación muestra que, de hecho, las ciudades logran sostener la biodiversidad, lo cual puede tener importantes implicaciones en los esfuerzos de conservación.

En un rincón de Siberia, los científicos están tratando de reconstruir un ecosistema que se había perdido muchos miles de años atrás mediante la introducción de bisontes, bueyes almizcleros, alces, caballos y renos, un lugar que llaman Parque del Pleistoceno. Estos esfuerzos para ‘asilvestrar’ el paisaje son cada vez más populares en diversas partes del mundo.

"El árbol", de John Fowles

En esta obra lúcida y sutil, debemos a John Fowles algo que trasciende su literatura y que, pese a parecerlo en algunos momentos, no es propiamente divulgación cientítica. A su manera, este libro nos habla de una vida que resulta incompleta sin la presencia de la naturaleza, entendida aquí como un motor de la creatividad y como un máximo valor de la existencia humana.

Se dice que la lejanía y la nostalgia exacerban el espíritu nacionalista de las personas. Esta aseveración resulta evidentemente cierta al leer algunos pasajes de la Historia antigua de México, obra del jesuita mexicano Francisco Javier Clavijero.

Allá por 1973, un crustáceo típico de las marismas de Louisiana, el cangrejo rojo americano (Procambarus clarkii), descubrió las aguas de Badajoz y de la cuenca baja del Guadalquivir. En un principio, los responsables de nuestro medio natural ‒los gestores del ICONA‒ respaldaron su presencia, dado que en esos territorios podía ser una fuente de riqueza y no competía con el cangrejo de río ibérico.

Como un eco de los orígenes míticos del unicornio, el órix de cuernos de cimitarra u órix blanco (Oryx dammah) puede ser visto desde la distancia como esa criatura legendaria que durante varios siglos fascinó a Europa. Su silueta recortada en el horizonte, que nos lleva a confundir sus dos astas por un solo cuerno, aún posee la intensidad de aquellas bestias fabulosas que en otro tiempo simbolizaban la esencia de lo desconocido y de lo exótico.