¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? Éste es el tipo de preguntas filosóficas que hacen que muchos científicos –y no científicos– se burlen del trabajo de los filósofos.

A todas horas, en casi cualquier lugar, el escenario circular de la naturaleza se llena de vida y nos sorprende con su ferviente esperanza de futuro. En este sentido, uno de los fenómenos más llamativos ‒y acaso imperceptibles para la mayoría‒ es el de la especiación: el surgimiento de nuevas variedades animales o vegetales.

La evolución por medio de la selección natural –la gran idea de Darwin– es la columna vertebral de la biología, y una de las más poderosas ideas producidas por la mente humana. Y sin embargo, es también una de las peor entendidas por la mayoría de la gente.

Biogeografía y darwinismo social

En este texto, el Dr. Bowler trata de responder la pregunta ¿hasta qué punto la ciencia se ve influenciada por los valores culturales, políticos e ideológicos del entorno en el que surge? Para ello, explora las formas en que las primeras generaciones de biogeógrafos han tratado de explicar, por medio de metáforas, el origen y la evolución de la vida.

Quizá convenga aclarar que Hugo De Vries (1848-1935) redescubrió las leyes de Mendel y formuló una teoría de la evolución que incidía en la importancia de la mutación como mecanismo evolutivo.

Ingeniería evolutiva

“La evolución es más inteligente que tú”, afirma la segunda ley de Orgel (enunciada por el químico británico Leslie Orgel, estudioso del origen de la vida). No sé si sea cierto. Lo que sí se es que la evolución siempre sigue sorprendiéndonos.

En marzo de 2012, la revista de la American Chemical Society publicó un estudio que sugería la posibilidad de que existan formas de vida dinosauroide en algún lugar de la galaxia.

Se dice que la lejanía y la nostalgia exacerban el espíritu nacionalista de las personas. Esta aseveración resulta evidentemente cierta al leer algunos pasajes de la Historia antigua de México, obra del jesuita mexicano Francisco Javier Clavijero.

El universo de Stephen Jay Gould

El museo de Historia Natural de Nueva York, imponente y elaborada construcción que bordea Central Park, seguramente no es la obra mas kistch de la ciudad. Sus extraños dioramas son celebres por las escenificaciones de animales disecados en medio de decoraciones hiperrealistas que recrean bosques, sabanas y desiertos del planeta. La visita culmina en la parte correspondiente al desván que cuenta con una magnífica colección de dinosaurios y anquilosaurios, los que despliegan impúdicamente sus negros esqueletos fósiles. Los más modestos se encuentran en vitrinas, los gigantes al aire libre.

Hay una película muy mala que se titula Idiocracy. Una de de esas que hacen que uno se pregunte: “¿Pero qué *******…?”, o algo así. El tema que plantea, en cualquier caso, es formidablemente elevado para el pensamiento a que acostumbra una sociedad que cree, ingenua de ella, que la tecnociencia le va a sacar las castañas del fuego: el ser humano, de aquí a quinientos años, se convertirá en una especie estúpida. Pero que muy estúpida.