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A mediados del siglo XVIII, Antonio de Ulloa poseía ya un más que sobresaliente bagaje científico: había formado parte junto con Jorge Juan de la expedición geodésica franco–española (1735– 1746) que, dirigida por La Condamine, tenía como objetivo efectuar la medición de un grado del meridiano terrestre en el ecuador y determinar así la forma de la Tierra.

Cuando a los once años le preguntaron qué quería ser de mayor, afirmó sin dudar que quería ser zoogeógrafo. En 2016 Miguel Bastos Araujo recogió el premio Rey Jaime I de protección al medio ambiente por su labor como biogeógrafo. Su pasión por la naturaleza y el trabajo constante le han llevado a convertirse en un referente mundial en el estudio de los efectos del cambio climático sobre la biodiversidad. Desarrolla modelos que puedan predecir cómo va a cambiar la distribución de las especies ante el cambio global, y ha publicado en varias ocasiones en Nature o Science. En esta entrevista nos habla de su carrera, de cambio climático y política científica.

El placer de viajar se diferencia del que proporcionan otras búsquedas y aficiones en la medida en que desafía la inteligencia y fomenta la creatividad. El viajero vocacional conserva la memoria de nuestra especie ‒el homo sapiens es una criatura migratoria‒, y de paso, confirma de primera mano lo que ya dicen algunos estudios cognitivos: ese vaivén por puertos y fronteras es liberador para el intelecto y nos hace más resolutivos, eficientes y también audaces.

Un libro ameno e inteligente sobre la geografía de Verne, el gran viajero literario. La omnipresencia de sus personajes en la Tierra ‒en su superficie, en las profundidades marinas e incluso en su núcleo‒ nos obliga a reconocer ese estatus del escritor, y en cierto modo, también nos obliga a reconocernos en su imaginario, descrito en el ensayo de Eduardo Martínez de Pisón como si fuera una formidable cartografía histórica.

La noche de San Juan, el día más largo que se celebra con tradiciones que aúnan leyendas, hogueras y fuego acaba de pasar mientras una flota creciente de turistas se encamina al Polo Norte, cerca de las pedanías del Ártico, a la punta más alta de los países Escandinavos, a la búsqueda de otro fantástico fenómeno de la naturaleza: el sol de medianoche.