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En la madrugada del 24 de diciembre de 1858 un aerolito cruzó la atmósfera en la localidad murciana de Molina de Segura produciendo un gran ruido y un temblor similar a un terremoto. Unos días después un labrador encontró el meteorito más grande caído en España, del que existe una excelente documentación en el Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Esta magnífica pieza se exhibe en la Sala de Meteoritos del Museo.

Los cristales de aragonito españoles eran muy cotizados por los coleccionistas y estaban presentes en los principales gabinetes de historia natural europeos del siglo XVIII. Además de encontrarlo en yacimientos de diferente naturaleza, este mineral también está presente en la cáscara del huevo de tortugas, en el oído interno de peces, en la concha de moluscos y en el esqueleto de corales. El Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC) posee una importante colección de aragonitos, algunos de los cuales se exhiben en la Sala de Geología.

La belleza mortal del cinabrio

El cinabrio constituye una de las mayores riquezas mineras de nuestro país. Por su color rojo púrpura también le llaman bermellón. Almadén, que en árabe significa "la mina", ha estado vinculado desde sus orígenes a las minas de cinabrio y a la obtención de mercurio. El Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) exhibe magníficos ejemplares en la exposición de geología, así como una bella roca impregnada en cinabrio en su Jardín de Piedras.

Es el único de los tres meteoritos recolectados en la península ibérica en el siglo XVIII que se conserva. Cayó en noviembre de 1773 en los alrededores del Real Monasterio de Sigena, Huesca. Ingresó en el Real Gabinete de Historia Natural en 1774 y fue el primer meteorito de la colección de geología. Hoy puede verse en la Sala de Meteoritos del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC).

Darwin y la geología

Tal fue el impacto en la ciencia y la cultura occidental causado por la publicación en 1859 de El origen de las especies, interpretada además en clave biológica, que se ha sumido en el olvido el trabajo como geólogo de Charles Darwin.

Vicente Araña Saavedra (La Palma, 1939) afirma que es volcanólogo por casualidad. En 1966, cuando estaba terminando la carrera de Geológicas, se incorporó al equipo que formó José María Fuster (una de las figuras científicas de la volcanología) para estudiar los volcanes canarios y acabó especializándose en el tema.

Es la base donde se sustenta gran parte de la vida pero apenas reparamos en él; a pesar de estar infinitamente poblado, pasa a veces desapercibido hasta para la ciencia y, aunque no lo notemos, bulle continuamente bajo nuestros pies. Os presentamos al suelo, un universo lleno de diversidad.

En la cueva hay mucha humedad pero ninguna luz, sin embargo la linterna ilumina una roca cubierta de un musgo brillante ¿Cómo ha llegado este musgo aquí si apenas hay luz? Es fácil, no es musgo sino piromorfita, un mineral que cristaliza en preciosas formaciones verde brillante.

Cuando hablamos de ecosistemas en peligro, nos llegan a la mente imágenes de una selva destruida por taladores irresponsables, o de un rico sistema marino arruinado por el naufragio de un buque petrolero. Nunca imaginamos la existencia de otros sistemas igual de frágiles y que se encuentran literalmente bajo nuestros pies. Estos ecosistemas son las cuevas.

A regañadientes acepté la invitación de mi amigo. De acuerdo, juntos habíamos experimentado toda clase de aventuras. Nuestras correrías iban desde travesuras infantiles ‒aquella vez que iniciamos un incendio en el terreno baldío que había en la esquina de la casa– hasta diversiones más de adultos (y por lo tanto mucho más caras) como la ocasión en que nos atrevimos a lanzarnos de paracaídas. Habíamos vivido grandes emociones y jurado nunca rajarnos, pero explorar una cueva ¿a quien se le podría ocurrir? A Javier, me imagino.