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El caso Dyátlov es uno de esos sucesos que forman parte del imaginario popular, y que siguen rodeados de secretos y hechos enigmáticos.

Resulta curioso que Steven Spielberg ‒director‒ y los hermanos Coen ‒guionistas‒, en su momento considerados como esenciales representantes del cine moderno y renovador, acaben portando la llama del Hollywood más clásico con esta película, un film adulto ‒que no aburrido‒, bien hecho, elegante y ajeno a las modas.

En la edad de oro de la ciencia-ficción de serie B, abundaron los invertebrados gigantes y las amenazas de otros mundos, para la alegría de los pequeños que iban al cine sin que se enteraran sus padres.

En otoño de 1956 un avión que cubría el recorrido entre dos ciudades europeas aterrizó inesperadamente en Malta. Mientras los viajeros esperaban en una sala del aeropuerto a que se reparara la aparente avería, unos hombres buscaban en el portaequipajes del avión una maleta que contenía un grueso manuscrito.

De todas las cosas que se pueden hacer con un submarino, Todd Robinson elige en su película las más previsibles y archisabidas. Supongo que hay fallos de guión que pasan desapercibidos hasta que la cinta ya está en manos del montador. Por eso mismo, es una lástima que en Phantom se derroche el talento de intérpretes como Ed Harris, David Duchovny o William Fichtner, que intentan sobrellevar con la mayor dignidad posible este armatoste repleto de tópicos.

El más poderoso submarino nuclear jamás construido, perteneciente a la armada soviética, el Octubre Rojo, se dirige a la costa estadounidense bajo el mando del Capitán Marko Ramius (Sean Connery).

A John Milius debemos agradecerle guiones tan inolvidables como los de Las aventuras de Jeremías Johnson (1972) y Apocalypse Now (1979). Sin acreditar, mejoró sensiblemente los diálogos de Tiburón (1975) y Harry el sucio (Dirty Harry, 1971), hasta tal punto que acuñó la frase fetiche de Harry Callahan (Go ahead, make my day).