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El mito de Fausto: Johann Faust

Dice Carlos García Gual que el de Fausto es un mito moderno muy interesante, pues podemos seguir con bastante facilidad su evolución desde su origen, como un personaje que existió, hasta sus últimas variaciones literarias y artísticas.

Sir Isaac Newton murió el 31 de marzo de 1727, según el calendario gregoriano, y sus restos fueron depositados en la abadía de Westminster, un honor reservado para unos pocos, el 8 de abril. El siglo XVIII le consideró ejemplo de genialidad, virtud y excelsa humanidad.

El matrimonio, en 1613, entre Isabel Estuardo, bautizada en honor a Isabel I de Inglaterra, y Federico V, Elector Palatino del Rin, convirtió el Palatinado en un auténtico principado rosacruz sin precedentes en la historia de Europa. Pero el experimento apenas duró unos años.

A finales de 1529, el caballero inglés Richard Croke llegó a Venecia. Su misión era consultar a especialistas en derecho canónico y a rabinos judíos sobre el divorcio de Enrique VIII y Catalina de Aragón.

Desde que, allá por la década de 1960, Francis Yates publicara sus primeros ensayos sobre Giordano Bruno, despreciado no sólo en vida sino durante los siglos posteriores, el mundo académico ha asistido a un creciente interés por una figura cuyo pensamiento sólo ahora, a la luz de las nuevas formas en que se presenta la realidad a científicos y filósofos, es posible comenzar a abordar con sentido.

Enrique Cornelio Agrippa (1486-1535) ha pasado a la historia como “príncipe de hechiceros” y exponente máximo de la magia negra, vinculado a las supersticiones más delirantes conocidas que dieron lugar a la gran fiebre de la caza de brujas entre los siglos XVI y XVII. En definitiva, un charlatán cuyos textos no han merecido la pena ser revisados por los adalides del saber serio y formal de los siglos posteriores.

Corre el año de 1460. Marsilio Ficino ha entrado al servicio de la persona más poderosa de Florencia, Cosimo de Medici. Su tarea es muy simple: traducir algunos manuscritos que han llegado desde Macedonia. Dicen que el gobernante en persona organizó su búsqueda. O simplemente se los encontraron a alguno de los sabios procedentes del Este. Sea como fuere, ya están en la soberbia biblioteca de los Medici. Y el interés por tales escritos no es en vano.

Entre todos los heresiarcas españoles ninguno vence a Miguel Servet en audacia y originalidad de ideas, en lo ordenado y consecuente del sistema, en el vigor lógico y en la trascendencia ulterior de sus errores.