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Leer Mitología de los dinosaurios, de José Luis Sanz (Taurus, 1999) es un ejercicio muy recomendable para todos los amantes de esas bestias, tan importantes para los soñadores como para los paleontólogos. En cierto sentido, el libro viene a responder un reproche que hace tiempo planteó Fernando Savater: "Creo que se ha escrito poco sobre los dinosaurios. Además de su notorio interés biológico, los dinosaurios tienen una envidiable trascendencia mítica (...) La calidad legendaria del dinosaurio consiste en responder adecuadamente a una íntima apetencia del alma romántica que Tolkien expresó en una ocasión así: I desired dragons with a profound desire".

Si ustedes se divierten ahora con las películas de monstruos gigantes, puedo imaginarme que que también eran felices cuando, de niños, leían relatos de caballeros y dragones. La explicación es simple: en el fondo, se trata del mismo género.

Nadie oculta la enorme deuda de esta secuela de Pacific Rim con esos dos subgéneros japoneses protagonizados, respectivamente, por robots colosales, controlados por humanos o biomorfos ‒los mecha, habituales en el anime y en los videojuegos‒, y por monstruos gigantes ‒los kaiju, herederos de Godzilla‒. Pero más allá de esta obviedad, Pacific Rim: Insurrección se presenta como una cinta juvenil muy eficaz dentro de sus limitadas ambiciones.

Cuentan que el productor William Alland coincidió en su juventud con el director de fotografía Gabriel Figueroa durante el rodaje de Ciudadano Kane. Al parecer, fue Figueroa quien, cenando en casa de Orson Welles, les habló con mucha seriedad de una extraña raza de hombres peces que, según "datos reales", se ocultaba en el Amazonas.

Publicada hace ya más de una década, La pell freda se editó en catalán y su excelente acogida provocó que fuera traducida al castellano y a casi 40 idiomas más, todo un éxito para su autor Albert Sánchez Piñol, quien ahora ve su obra más famosa adaptada a la gran pantalla.

Nacho Vigalondo es un director muy conocido en ciertos círculos, y goza de una considerable popularidad más allá de nuestras fronteras por sus películas ‒en especial, por Los cronocrímenes (2007)‒. Además, es toda una estrella en las redes sociales españolas. Pese a todo ello, su cine nunca ha funcionado bien en taquilla y sigue siendo un desconocido para el público general.

Si tuviera que elegir un subgénero de la fantasía, me quedaría, sin dudarlo ni un momento, con el de los mundos perdidos. Ambientados en tierras incógnitas, esos relatos suelen enfrentar a sus protagonistas con saurios prehistóricos y con otras bestias olvidadas por el tiempo.

Hace poco, todos nos entusiasmamos con la serie de televisión Stranger Things, básicamente porque remitía al cine juvenil de los años 80, con un buen puñado de referencias directas e indirectas a las películas y la cultura popular de aquellos tiempos.

No creo que sea necesario demostrar la versatilidad del western como género. Su marco geográfico, temporal y conceptual ha permitido contar todo tipo de historias, pero sin duda sus pioneros cinematográficos no pensaron que un día a alguien se le ocurriría mezclar el desierto y los cowboys con dinosaurios.

La película que nos ocupa viene a ser una derivación de otra producción de J.J. Abrams, Cloverfield (2008), aquella vigorosa combinación del clásico subgénero de monstruos gigantes con la fórmula del found-footage. Curiosamente, a pesar de este parentesco, Calle Cloverfield 10 se aleja de la grandilocuencia de su predecesora y nos ofrece un misterio íntimo, compacto, sometido a un escenario reducido y amenazador.