Progresos sexuales

Han ido apareciendo en algunos puntos de Europa unos prostíbulos que, en lugar de pupilas de carne y hueso, ofrecen a sus clientes una suerte de muñecas de materiales sintéticos. Tienen la consistencia, la temperatura, la tersura y la flexibilidad del mejor organismo estándar de nuestra especie.

¿Robot yo?

Aficionados a la ciencia ficción hay muchos, aunque algunos no sepan que lo que suponen ciencia ficción es mero cuento de hadas o libro vaquero (dicho con todo respeto) aderezado con naves superlumínicas o desviaciones de la evolución biológica. Por cierto, suponer que por llevar el epíteto “ciencia” el género en cuestión divulga ciencia es algo muy generalizado aunque erróneo. Es tan solo un género literario aunque, por supuesto, como cualquier obra literaria, se puede leer de muchas maneras. Y en toda esta fértil ficción hay un personaje indispensable: el robot.

Sobre el impacto de las nuevas tecnologías se ha dicho de todo, y también todo lo contrario. El debate ‒no sobre la evolución tecnológica en sí, sino sobre sus efectos a corto y medio plazo‒ ha ido agriándose con ese mal humor que es proverbial en los choques entre apocalípticos e integrados.

Si pones agua al fuego y la calientas, lo que consigues en un primer momento es elevar cada vez más su temperatura. Podrías llegar a la conclusión de que el acto de calentarla sólo da como resultado agua más caliente. Pero en un punto determinado, todo cambia: el agua comienza a hervir, y el líquido caliente se transforma en vapor. Los físicos llaman a esto un cambio de estado.

En 1999, Ray Kurzweil escribía esta profecía en La era de las máquinas espirituales: alrededor del año 2020, los ordenadores llegarán a tener la capacidad de memoria y la velocidad de cálculo del cerebro humano. La previsión de Kurzweil, que en su momento aún remitía a la ciencia-ficción, hoy se verifica como promesa liberadora o como amenaza. Todo depende de nuestra percepción de las máquinas inteligentes.

El 24 de enero de 2016 por la noche falleció, debido a una hemorragia cerebral, Marvin Minsky: sin duda una de las mentes científico–tecnológicas más brillantes de los últimos 100 años. Es triste la poca atención que se le prestó al hecho en la prensa.
Minsky (1927–2016) fue un genio que, además de ser el principal impulsor del desarrollo del área de investigación conocida como “inteligencia artificial”, participó en muchos otros campos. Construyó sistemas de reconocimiento visual y brazos robóticos sensibles al tacto.

Shakespeare y los androides

En Blade Runner, el androide Roy, interpretado por Rutger Hauer, dice poco antes de morir:

Manual de Robótica, primera edición, año 2058. Leemos en sus páginas las tres leyes robóticas. "1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes".

El misterio del autómata escritor

Aunque las novedades en el campo de la robótica son habituales en el siglo XXI, el linaje de las modernas criaturas mecánicas tiene ya varios siglos. Entre los miembros más fascinantes de esa familia artificial, como ahora veremos, figura un autómata de fascinantes cualidades.

La tendencia general en esta nuestra civilización es admirar el progreso tecnológico y depositar en ello nuestras esperanzas como humanidad. En este sentido, el transhumanismo se presenta como adalid del entusiasmo al considerar que el futuro de la especie humana pasa por su fusión con las máquinas. Así lo apuntan futuristas como Alvin Toffer, convencidos de que nos convertiremos en posthumanos, enriqueciendo nuestra biología con microchips y dispositivos electrónicos.