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A mediados de los años ochenta aparece una nueva revista en Estados Unidos, Aboriginal Science Fiction, dirigida por Charles C. Ryan.

Hay pocos programas en la televisión que se estrenen sin bombo publicitario y en el caso de Battlestar Galactica, la serie de ciencia ficción que la cadena ABC presentó en el otoño de 1978, la campaña hizo hincapié en el dinero que habían invertido en ella: se trataba de la serie más cara de la historia. El episodio piloto costó 7 millones de dólares y el desembolso de los siguientes no bajó de un millón.

Cómic fundamental en la ciencia-ficción festiva europea, Valérian y Laureline, obra del dibujante Jean-Claude Mézières y el guionista Pierre Christin, comenzó a publicarse a finales de los 60 e influyó en buena medida en la space-opera posterior, incluyendo La guerra de la galaxias (George Lucas, 1977) y El quinto elemento (1997).

En 1924, el astrónomo Carl Hubble anunció la existencia de galaxias más allá de nuestra Vía Láctea. En 1926, Robert Goddard lanzó el primer cohete con combustible líquido. Acero inoxidable, tostadoras y máquinas de afeitar eléctricas, radares, calculadoras, aeroplanos cada vez más sofisticados... Nuevas maravillas sorprendían continuamente a la sociedad norteamericana de finales de los años veinte.

Jim Preston (Chris Pratt) sólo quería emprender una nueva vida en otro planeta. ¿Era eso tanto pedir? Jim quería ser un colono espacial, pero acaba de descubrir que su cápsula de hibernación se ha desactivado noventa años antes de lo previsto. Para su desgracia, no puede regresar al estado de letargo y morirá de viejo antes de llegar a su destino.

"Perdidos en el espacio" (1965)

Hay una ironía implícita en ciertos títulos, como el de esta serie norteamericana. Durante su emisión inicial, que constó de tres temporadas con un total de 83 episodios, fueron alternándose diversos grados de éxito y fracaso creativos, ofreciendo una clara indicación del dilema al que se ha tenido que enfrentar la ciencia ficción desde sus inicios, a saber: ¿debe tener más peso la ciencia o la ficción? ¿Aventura, Emoción y Miedo o Física, Química y Matemáticas?

Saga nº 06

Quién sabe cuántos recuerdan hoy títulos como Y: El último hombre, Ex Machina, Runaways o Los Leones de Bagdad. El mundo del cómic gira a tal velocidad que, al cabo de cinco años, cualquier obra parece quedar fuera de la memoria colectiva. Pero si uno los analiza con perspectiva, comprobará que esos títulos no han pasado de moda, y que además, responden a una clara voluntad de estilo.

El dato es bien conocido por los amantes del cine. Entre 1975 y 1985, el público disfrutó de una nueva edad de oro de la space opera. Tras su apogeo inicial durante la era de los seriales y del pulp ‒en los años 1930-1940‒, este subgénero recuperó todo su vigor gracias a dos factores: la nostalgia y el impacto industrial de Star Wars.

El panorama de la ciencia-ficción en castellano se enriquece con una nueva autora, Begoña Pérez Ruiz, una novelista apasionada con el género fantástico que plasma en su primera obra, Azul. El poder de un nombre. Samidak, todo el colorido, la fascinación y el sentido de la aventura que ella misma, como lectora, ha heredado de la tradición anglosajona.

Antes de entrar en materia, quiero enviar un aviso a los cinéfilos y críticos que puedan leer estas líneas: no ha habido película de los hermanos Wachowski que, en mayor o menor grado, no me haya gustado.