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Del mismo modo en que el tiempo va del pasado al futuro, las ilusiones más tenaces van prosperando en el imaginario colectivo, convenciéndonos de que la utopía puede adoptar muchas formas, aunque de momento no terminen de salirnos las cuentas y sigamos convencidos de que el ideal ‒ese ideal utópico‒ aún está muy lejano.

Aunque las utopías fueron populares durante todo el siglo XIX, una en particular disfrutó de mayor influencia que las demás: Looking Backward 2000–1887 de Edward Bellamy, no sólo se convirtió en un superventas, sino que llegó a inspirar la creación de un partido político. En 1930, el libro fue nominado por un grupo de pensadores americanos (entre ellos el célebre analista John Dewey) como uno de los más influyentes e importantes de los últimos cincuenta años.

El último tercio del siglo XIX y los primeros años del XX, antes de que el infierno de la I Guerra Mundial diera un vuelco a los temas que exploraba la CF, vieron la luz un buen número de obras en las que se describían sociedades utópicas, con o sin serpiente escondida.

Descubrí al canadiense Manly Palmer Hall (1901-1990) cuando me documentaba para escribir mi libro Alquimia. El gran secreto (Madrid, 2002), si bien no profundicé demasiado en su figura ni en la composición de su ingente colección de obras alquímicas. De haberlo hecho entonces, imagino que habría dedicado mucho más tiempo al aspecto que quiero relatar en este artículo.
En el mes de agosto de 2001 pasé dos semanas recorriendo parte de la costa este de los Estados Unidos. Me acompañaban Rous y Mery, dos amigas de la infancia con las que había compartido estudios y vida. Entonces no lo sabíamos, pero ese era nuestro último viaje juntas. La verdad es que fue una bonita despedida, pues acumulamos experiencias que recuerdo a menudo, tanto por la intensidad de las emociones vividas como por las situaciones hilarantes que nos tocó sufrir en no pocas ocasiones.

Orgía y utopía

La imaginación utópica siempre se ha movido entre dos extremos: la búsqueda del deber o la del placer, la sociedad perfecta o la orgía imperfecta. Aunque en la vida real es bastante probable que una orgía permanente acabaría convirtiéndose en tediosa e insoportable, en el terreno de la teoría hay que admitir que los partidarios de la orgía han sido casi siempre más simpáticos y amables que los que proponían utopías bien organizadas.

Las baldosas del infierno

Aunque el pensamiento utópico casi siempre ha tenido buena prensa entre quienes desean vivir en una sociedad más justa, los intentos de instaurar la sociedad perfecta han contribuido en casi todos los casos a aumentar la injusticia y el crimen, más que a mitigarlos.

El escritor y periodista Malcolm Cowley dijo del autor de este libro que era "el último de los grandes humanistas". Amén. No voy a mentir diciendo que Cowley exagera, aunque se me ocurren algunos otros miembros de ese selecto club. En cualquier caso, hablar de Lewis Mumford equivale a citarle como un intelectual de inagotable curiosidad: un espíritu libre que, desde los predios de la sabiduría, se asomó a tantos balcones como pudo, con la insuperable elegancia de los buenos divulgadores.