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No siempre podemos decir qué es lo que nos asusta, lo que detestamos con secreta admiración, lo que nos invita a sentir cómo la sangre empieza a bombear... Por eso necesitamos un arquetipo, un símbolo, alguien que detente ese poder supremo, y bajo cuya pisada prosperen las malas hierbas y el olor de la muerte.

Como otras pasiones menos confesables, la admiración por el Conde Drácula da lugar a toda una estirpe de coleccionistas que comparten libros, películas y objetos de la más variada naturaleza. Sin embargo, no todos los vampirófilos conocen con detalle la tradición literaria, teatral y cinematográfica que proviene del libro de Bram Stoker. A ellos va dirigidos este libro inigualable.

Cuando Christopher Lee fue nombrado Comandante del Imperio Británico (CBE) en 2009, título que otorga el derecho de anteponer la fórmula Sir al nombre, no le concedí importancia alguna. Yo me dirigía a él por el título nobiliario que se había ganado a pulso en 1958, más de cincuenta años atrás: conde, conde Drácula, por supuesto.

No se puede hablar de esta película sin citar previamente la comedia televisiva de culto Flight of the Concords (HBO, 2007), realizada por el mismo equipo y seguida por una legión de fans por todo el mundo.

Viene a cuento recordar que Drácula es un personaje excepcional, tanto por la profundidad de su caracterización como por sus implicaciones. No es que veamos a través de su mirada las claves del escalofrío romántico: también comprendemos el terror clásico en sí mismo. Esa capacidad de persuasión del vampiro –su carisma– nace de la inventiva y el rigor narrativo de Bram Stoker, un novelista que agotó su trascendencia literaria en esta figura, como si supiera de antemano que, a la hora de garantizarse un porvenir, solo necesitaba obtener éxito con esta obra.

El domingo 24 de agosto se emitió en Estados Unidos el último episodio de una de las series más populares de HBO, True Blood. La historia de esta serie de Alan Ball, basada en los libros de Charlaine Harris, es uno de los claros ejemplos de que incluso la cadena de culto estadounidense se deja seducir por las audiencias.

Hace muy poco se ha estrenado en Estados Unidos la adaptación televisiva de las tres novelas que Guillermo del Toro y Chuck Hogan escribieron sobre un apocalipsis vampírico, publicadas en 2009.

La cadena americana de cable Showtime quería su propia serie de terror, igual que AMC tiene The Walking Dead y HBO, True Blood. Para ello confió en John Logan y Sam Mendes, responsables de guión y producción. Así nació Penny Dreadful, cuyo título es una referencia a las historia de terror que se vendían por capítulos, normalmente no de gran calidad literaria, en el siglo XIX y al precio de un penique.

Todos hemos escuchado alguna vez acerca de fenómenos extraños que ocurren en muchas partes, los cuales son conservados por medio de la tradición oral y escrita. El mito es, precisamente, un relato acerca de acontecimientos prodigiosos protagonizados por seres sobrenaturales o extraordinarios. La literatura médica no se encuentra exenta de este tipo de narraciones, y en ella podemos encontrar reportes de casos en los que se describen cuadros clínicos poco comunes que resultan difíciles de explicar, incluso para la ciencia actual. Así, desde hace siglos existen descripciones que evocan la figura del hombre lobo, el vampiro y la bruja, que hasta hoy día empiezan a cobrar “sentido” si se considera que son compatibles con la sintomatología de ciertas enfermedades.

Se acaba de publicar un nuevo libro de Douglas Hofstadter, el autor del legendario Godel, Escher, Bach, uno de los libros más anotados de mi biblioteca. Algún día subiré los comentarios que escribí cuando lo leí.