Conan Doyle y el misterio de las hadas de Cottingley

Durante casi ochenta años, Elsie Wright (1900–1988) y Frances Griffiths (1907–1986) engañaron a una legión de crédulos. ¿La razón? Unas fotografías tomadas en 1917, cuando aún eran niñas, que las mostraban en compañía de hadas y otros seres del mundo encantado.

Esas imágenes aún resultan emocionantes. Con una sonrisa encantadora, Elsie mira cómo revolotea a una damisela con alas de mariposa. A su vez, Frances admira la delicada gracia de unas ondinas que danzan sobre la hierba.

Hasta 1983 no conocimos la verdad de esas estampas. Pero no adelantemos acontecimientos...

Nuestra historia comienza a mediados del siglo XIX, un periodo durante el que la audiencia reclama historias de magia y emoción, y los empresarios teatrales idean nuevas fantasías con que seducir a un público ávido de magia, en el umbral de la era del psicoanálisis.

Nos hallamos en Londres, donde aún circulan colecciones como Ghost Stories; collected with a particular view to counteract the vulgar belief in ghosts and apparitions, de anónimo autor y publicadas en 1823 por Rudolph Ackerman.

La masiva emigración de médiums procedentes de los Estados Unidos ha fortalecido los cimientos del floreciente movimiento espiritista británico, articulado en torno a una emblemática institución londinense: la Sociedad para las Investigaciones Psíquicas.

Las hadas de Cottingley

Se da la feliz circunstancia de que Andrew Lang, editor por aquel entonces de Coloured Fairy Books –y uno de los voluntariosos fundadores de la Sociedad– ha popularizado los libros ilustrados con imágenes de ondinas, almas desencarnadas, duendes y demás seres elementales, al punto de convertir en moda lo que hasta entonces sólo ha sido ilusión de poetas y novelistas de lo gótico.

El producto más hermoso de la citada novedad es un volumen de fotografías titulado The Coming of Fairies, cuya veracidad viene avalada nada menos que por Sir Arthur Conan Doyle, asimismo autor de un artículo publicado en The Strand Magazine durante el mes de diciembre de 1920, donde narra las virtudes y calidades de las que él llama hadas de Cottingley, a la sazón protagonistas del citado libro de retratos.

Elsie Wright y su prima Frances Griffiths son las autoras de esas fotografías, que ellas dicen haber tomado en una zona boscosa de Cottingley, tres años antes.

El área, cuidadosamente inspeccionada por los adultos, presenta pocas cualidades destacables, a no ser el encanto de un arroyo que cruza el claro del bosque.

Lo evocador del paisaje, por lo demás, no es una prueba lo suficientemente sólida.

Estos son los hechos que la prensa da a conocer: según ella misma declara, Elsie, que por entonces contaba dieciséis años, tomó la cámara de su padre en julio de 1917, con la idea de retratar a su prima en tan idílico lugar.

Al revelar la placa, su sorpresa fue mayúscula. Varias hadas, tan etéreas y fascinadoras como las de los cuentos y las leyendas, aparecieron en los márgenes de la imagen. Decididas a aprovechar ese encantamiento, las niñas tomaron nuevas fotografías. De ahí en adelante, el sortilegio de Cottingley se convirtió para ellas en una costumbre. Tomaban la cesta y el paraguas, y andando por la fronda, llegaban a ese rincón secreto donde habitaban los guardianes del bosque.

En 1919, la madre de Elsie, Polly Wright, reconociendo la verdad en los ojos de su pequeña, acude a una reunión de la Sociedad Teosófica en la sede que ésta tiene en Bradford. Como es imaginable, los teósofos, con su tendencia a creer en casi todo, dan crédito a la historia que Polly les cuenta. En pocas semanas, los detalles del milagro de Cottingley se ha extendido como la pólvora.

Subiendo por los escalones de la citada Sociedad, llegamos hasta Edward Gardner, uno de sus principales dirigentes en el Reino Unido. Ni que decir tiene que las pupilas de Gardner se dilatan cuando le son mostradas las fotografías.

Hadas en Inglaterra... La noticia es sensacional, y muy oportuna, porque ayuda a cicatrizar las heridas de la Gran Guerra. El joven J.R.R. Tolkien, recién llegado del frente, se aplica esa misma medicina (la que viene de manos de elfos y gnomos) para mitigar en su memoria el horror de las trincheras. Lo mismo piensan las viudas que llevan a sus hijos a las funciones teatrales de Peter Pan.

¿Será posible que exista Campanilla? La duda está en el aire.

Otro escritor, el ya citado Conan Doyle, ha perdido a un hijo. Desesperado, aún intenta comunicarse con el difunto en las reuniones espiritistas. De nada sirve que el mago Harry Houdini, buen amigo suyo, le advierta de que todo eso no son más que patrañas. Sir Arthur cree en los fantasmas y en la posibilidad de comunicarse con el Más Allá.

Es obvio que contarle al escritor lo que ha sucedido en Cottingley es como echar combustible al fuego.

Sir Arthur escucha la historia de labios del teósofo Gardner. Otro amigo del novelista, Sir Oliver Lodge, intenta buscarle una explicación al asunto, y la más sencilla que le viene a la mente es ésta: hay truco en esas fotografías. No se trata de hadas o de duendes, sino de figuras troqueladas.

Para estudiar lo ocurrido, Gardner viaja a Cottingley.

A partir de sus opiniones, Conan Doyle se convierte en un acérrimo defensor de las niñas. Esto incomoda seriamente al padre de Elsie, Arthur Wright, quien observa el fenómeno como una simple broma, un juego distorsionado por el sensacionalismo de la prensa, los teósofos y los espiritistas.

Whright es un admirador de las novelas de Sherlock Holmes, y empieza a sorprenderse de que su creador, Conan Doyle, no aplique algunas de las reglas del detective para caer en la cuenta de que Elsie y Frances no han fotografiado a auténticas hadas.

Por respeto a su creyente esposa y cariño a su hija, el señor Wright guarda silencio y confía en que todo acabará olvidándose.

Se equivoca, obviamente. Los años pasan, pero los sucesos de Cottingley siguen interesando a los curiosos.

En la década de los sesenta, el auge de lo paranormal devuelve la historia a la actualidad. James Randi, un colaborador del escritor y matemático Martin Gardner, confirma en 1978 que las fotografías son hermosas, sí, pero no retratan a seres mágicos, sino a unas siluetas cuidadosamente recortadas y sujetas con hilos.

En 1981, el periodista Joe Cooper entrevista a Frances y a Elsie, pero ellas no dan su brazo a torcer.

“Puede que algunas de las hadas fueran dibujadas por nosotras”, le dicen. “Seguramente las copiamos de un libro de Arthur Shepperson. Pero créanos, una de las fotografías es auténtica”.

Más arriba señalé que hasta 1983 no se conoció el secreto de esas estampas. Ciertamente, ese fue el año en que las dos primas –a estas alturas, una pareja de encantadoras ancianas– dejaron de ocultar su inocente falsificación.

Dos años después, Yorkshire Television emitió un episodio de la serie Arthur C. Clarke's World of Strange Powers, en el que Elsie admitía que no pudieron decir la verdad por respeto al autor de Sherlock Holmes: "Dos niñas de pueblo y un hombre tan brillante como Conan Doyle... Bueno, lo único que podíamos hacer era callarnos". En el mismo espacio, Frances añadió: "Nunca lo interpreté como un fraude. Solo se trataba de Elsie y de mí divirtiéndonos. Hasta hoy sigo sin entender por que se las tomaron en serio... Querían dejarse engañar".

En todo caso, y al margen de las disculpas, lo más fascinante es que ambas murieron creyendo en el mundo mágico.

Copyright © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Fotografías: Imágenes originales de las hadas de Cottingley. Arriba: plano de "Small Worlds", quinto episodio de "Torchwood", emitido 12 de noviembre de 2006 © BBC Three. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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