Pensar la inflación cósmica y el multiverso

Pensar la inflación cósmica y el multiverso "Universe or Multiverse?", capítulo de la serie documental "Nova. The Fabric of the Cosmos" © Lone Wolf Documentary Group, ARTE France, National Geographic Channel, PBS International.

El Big Bang no debe entenderse como un fenómeno que ocurrió en el tiempo y en el espacio, sino como una metáfora, la traducción en imágenes de una ecuación; la película con que explicarnos en términos materiales lo que somos incapaces de concebir de otra manera. Permite “crear una historia”, como dice François Bouchet, del Instituto Astrofísico de París.

O sea: el Big Bang es la "explosión" del espacio-tiempo, sea lo que sea que esto signifique, su paso de un estado de singularidad al estado que hoy conocemos. No se refiere a la materia, pues aún no había materia, sino al tejido espacio temporal, sea lo que sea que esto sea, y que imaginamos como una goma elástica. O algo así...

Con el uso de las metáforas, se busca hacer más accesible el conocimiento científico, convirtiendo lo complejo en simple, dando forma concreta a lo abstracto, insertando la cualidad en la cantidad.

Y tras tanta simplificación y materialización de lo inmaterializable, surge la pregunta: ¿pero realmente hay un conocimiento en todo esto?

Al cosmólogo Max Tegmark le gusta recordar de vez en cuando que, para aprobar con nota un examen sobre la teoría del Big Bang, es necesario –como todo en el ámbito académico— ajustarse a los cánones establecidos por el convencionalismo científico –sí, la ciencia, como todo lo humano, tiene mucho de convencionalismo— y responder con una racionalidad que quita el sentido.

Y decir que responder desde la pretendida racionalidad del exclusivo conocimiento científico quita el sentido es una afirmación literal. Lo quita. Absolutamente. Versionando para el correcto discurrir de este artículo la broma que aparece en el libro de Tegmark, Our mathematical Universe, pongamos que ese examen sobre el Big Bang es oral. La cosa sería tal que así:

‒¿Qué causó la Gran Explosión?
‒Nada. Ocurrió sin más.

‒¿Dónde ocurrió el Big Bang?
‒En todas partes.
‒Defina “todas partes”.
‒Un número infinito de puntos en el espacio, pues en el momento del Big Bang el espacio era infinito.

‒¿Cómo puede existir un espacio infinito en un tiempo concreto, esto es, hace 13.800 millones de años?
‒Ni p***  idea.

Brian Greene en "Nova. The Fabric of the Cosmos" © PBS International.

Alexander Friedmann desarrolló en su día una serie de ecuaciones que permitieron a los científicos retroceder en el tiempo y reconstruir, paso a paso, la historia de nuestro universo. Así, entre otras cosas, pudieron explicar por qué las galaxias se separan unas de otras, por qué existe el fondo de microondas y cómo surgieron los primeros átomos.

Básicamente, todo se explica recurriendo a un proceso original que puede compararse a una explosión de la que surge todo. Antes de que se completara el primer instante tras el Big Bang, la teoría nos dice que el universo era “infinitamente” denso, “infinitamente” caliente y que todo se movía a una velocidad “infinita”. Esas son las respuestas correctas al examen.

Allá por 1980, a un tipo llamado Alan Guth no le agradaba este asunto, así que se presentó a la comunidad científica con una teoría radical que resolvía los problemas del modelo de Friedmann.

Siguiendo las ecuaciones de Einstein sobre la relatividad, la gravedad aumenta la masa de un cuerpo de la misma manera que un objeto en aceleración, y no hay diferencia alguna entre ambos procesos: si un viajero espacial es ignorante de que su nave está acelerando, puede pensar tranquilamente que la pared trasera de la nave ejerce una atracción gravitatoria sobre él, y la realidad, su realidad, no cambia en nada.

Comprendiendo esto, podemos imaginar que la materia es una burbuja muy compacta y que, al expandirse como un globo y de forma exponencial, conserva su densidad. Es decir, es posible la existencia de una burbuja que, al tiempo que se acelera y dobla su tamaño, también aumenta su masa: si un gramo ocupa x volumen, cuando la burbuja sea el doble de grande, habrá dos gramos de materia, luego habrá cuatro gramos, después ocho gramos y seguiría así a medida que el volumen se incrementa.

Lo mismo sucedería con la inflación del universo: una súbita expansión del espacio-tiempo en la primera milbillonésima parte de segundo de su existencia. El espacio-tiempo se desplegó desde una singularidad en apenas un instante y en una proporción de 1050 veces su tamaño, una diferencia superior la que existe entre un quark y el tamaño, obviamente, del universo. La diferencia entre la “nada” y el "todo".

Como una célula que se duplica e inicia una multiplicación imparable para conformar un cuerpo, todo habría comenzado con un pequeño punto de materia que, en un instante, fue ocupando volumen de manera exponencial y aumentando proporcionalmente su masa hasta conformar el universo tal y como lo conocemos. Este proceso, además, implica que la velocidad de expansión también se dobla exponencialmente, de ahí la aceleración.

© PBS International.

El Big Bang sin inflación plantea algunos problemas. En 13.800 millones de años, el universo ha tenido tiempo suficiente para descompensarse, de modo que podría haber más cantidad de materia en unas regiones que en otras, y algunas zonas podrían haberse quedado completamente vacías. Sin embargo, esto no es así: la materia se distribuye uniformemente por todo el espacio conocido.

Además, la radiación del fondo de microondas nos muestra que la temperatura es homogénea miremos donde miremos ahí fuera. La radiación del fondo de microondas es la misma en todos los rincones conocidos del universo, pero las distancias impiden que la radiación de un rincón del Cosmos haya podido extenderse hasta su rincón opuesto.

El planteamiento de Alan Guth resuelve los problemas del Big Bang con sus espacios infinitos y explica, entre otras cosas, por qué la temperatura es homogénea, pues todas las partículas que existen han interactuado entre sí, se han “mezclado” en su origen.

Si la teoría de la inflación no es correcta, entonces habrá que seguir buscando el modo de explicar por qué toda la materia que existe en el universo está tan bien distribuida y, otro problema más, por qué las galaxias se distancian unas de otras a gran velocidad, pero con la precisión necesaria para no hacer añicos el orden cósmico: si la expansión fuera mayor, la gravedad no tendría capacidad para vencerla y no existiría cuerpo alguno, sólo átomos sueltos por el universo; si la expansión fuese más lenta, la gravedad vencería y el universo entero sería un fenomenal agujero negro sin posibilidad de manifestación.

Recurriendo a un ejemplo típico de los libros de divulgación, el universo es como una bicicleta aparcada en medio de la calle que, a pesar de no apoyarse en nada, permanece de pie y no se cae hacia ninguno de sus lados.

La precisión para lograr nuestro actual estado cósmico es de 1/10120. O sea, que  si se diera una variación del 0,000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000001, el universo dejaría de ser lo que es y, o bien colapsaría, o bien se disgregaría.

Con un valor tan preciso, es difícil no caer en la tentación de simpatizar con el principio antrópico, ese que nos dice que el universo está hecho para que sea posible la vida tal y como la conocemos los humanos con nuestra mente imperfecta; tan imperfecta que la creemos el sumum de la evolución cósmica y que 13.800 millones de años han sido empleados para llegar a esto.

Pero, en fin, considerar la posibilidad de un diseño inteligente está mal visto en los serios ambientes de la razón científica; la teoría de la inflación cósmica, por su parte, permite una versión revisada de sí misma: el multiverso. Y eso, qué cosas, también está mal visto.

Si la imagen favorita para visualizar un universo inflacionario suele ser la de un globo que se hincha, la de un multiverso es un baño de espuma en que las burbujas aparecen y desaparecen.

Según se expande el espacio-tiempo, las fluctuaciones crecen y, en algún momento, una nueva burbuja puede surgir desde la energía del vacío cuántico, la cual se expande y provoca más fluctuaciones dentro de sí. Y así, por los siglos de los siglos, amén.

El multiverso permite que se incluya en todo este asunto del Génesis una idea para justificar cómo surge la materia de la nada. La respuesta puede estar en esa fórmula que todos conocemos pero sobre la que apenas nos detenemos a reflexionar: E=mc2 (energía = masa por la velocidad de la luz al cuadrado).

Puesto que la velocidad de la luz al cuadrado es un número tremendo, la energía contenida en un pequeño trozo de materia acelerada es ingente. Para hacernos una idea, la masa necesaria para crear el hongo nuclear que acabó con Hiroshima fue menos de un kilogramo.

Inversamente, la materia es energía comprimida en altas dosis, otra forma de manifestación de la energía. La energía necesaria para que se forme la materia proviene del vacío cuántico.

© PBS International.

Según los físicos teóricos, el vacío es cualquier cosa menos un equivalente a la Nada. Se trata de una especie de fondo en el que están todas las cosas que pueden suceder, como todas las partículas elementales y las constantes de la Naturaleza. Una especie de dimensión platónica, pero con un vocabulario científico; una abstracción matemática que precede a la energía, pues ésta es la manifestación de esa abstracción en el espacio-tiempo.

Tal y como explica la mecánica cuántica, las partículas fundamentales están constantemente surgiendo de ese vacío y permanecen en el espacio-tiempo la friolera de una milésima de trillonésima de segundo. La base de nuestra realidad es un burbujeo constante cuya agitación hace que el vacío tenga energía.

Como sostiene Tegmark, si algo es matemáticamente consistente, existe: el universo está hecho de matemáticas. Esto es, las matemáticas no describen el universo, son el universo. Los números están en el origen de todo lo que existe, y todo lo que existe es la manifestación de las relaciones que se dan entre ellos.

Antes de la Gran Explosión hubo algo, y a ese algo podríamos llamarlo el Pequeño Chasquido (Little Swoosh), nos dice Tegmark: una burbuja que rompió en exceso el vacío cuántico y que, tras inflarse según las leyes descritas por Einstein, nos alberga en una espuma infinita que amenaza el orden establecido.

Y ahora llegamos a por qué la teoría de la inflación presenta un problema más gordo si cabe que la teoría del Big Bang: la inflación no carece de sentido, hace que la ciencia tal y como la conocemos los terrícolas nacidos en el siglo XX carezca de sentido.

La teoría del universo inflacionario tiene una trampa mortal para las aspiraciones del conocimiento humano: una vez que comienza la inflación, nada impide que continúe por siempre. O sea, el universo crece infinitamente. Esto significa que sólo es posible conocer una región muy pequeña de una totalidad a la que jamás accederá ciencia alguna. Son las cosas que tiene lo infinito; por mucho que se amplíe la capacidad de conocimiento, lo conocido es inevitablemente una porción ínfima.

Imaginemos que vivimos en la superficie de un enorme globo fabricado con parches de colores y diferentes tejidos; conforme se infla más y más, nuestro horizonte se terminará reduciendo al parche que habitamos, y nunca podremos saber que existen zonas de la superficie que tienen otro color y están hechas de otro material. Es más, ni siquiera sabremos qué son los colores, pues sólo conocemos el nuestro, ni podríamos imaginar qué otro tipo de tejidos podrían existir además del que nos sostiene.

Si algo no se puede conocer, la ciencia tal y como la concebimos pierde su universalidad; el método científico tiene su razón de ser en que se da por hecho que las leyes de la naturaleza son las mismas en todas partes. Si esta idea pierde su fundamento,  las afirmaciones del método sobre la verdad de las cosas se desvanecen. La ciencia, entonces, pasa a ser una más de las diferentes artes con que los humanos hacen más llevadera su existencia.

La Física se reduciría a un parte meteorológico, limitado a un lugar y tiempo concretos; cuanto más ampliara su rango, más difusa resultaría, incapaz de abarcar, por su naturaleza implícita, una realidad que se construye a sí misma en virtud de interrelaciones al azar que sólo permiten hablar de probabilidades.

Quizás las matemáticas... quién sabe. De momento, es gracias a ellas que los científicos teóricos manejan ecuaciones que describen realidades a las que nunca accederemos. Al menos, físicamente. Incapaces de imaginarlas, se nos manifiestan en expresiones abstractas que sólo unos pocos aciertan a intuir.

Hay científicos que, como Tegmark o el físico Lee Smolin admiten este problema epistemológico que se esconde tras la teoría del multiverso; sostienen que, aunque la mayoría se sienta incómoda con algo que prefieren abandonar a la metafísica, el caso es que no sólo sabemos que no sabemos, lo cual es la base del desarrollo humano, sino que sabemos que hay cosas que no sabremos jamás. La única esperanza que nos queda es pensar que no sabemos que algún día llegaremos a saber; pero para eso hará falta algo más que el simple método científico. Aún no sabemos cómo podremos saber.

Mientras Tegmark habla de una realidad infinita donde todas las combinaciones se dan por necesidad, Lee Smolin defiende la idea de una evolución de las leyes naturales incluso en nuestra propia región del cosmos, una realidad ajena a lo permanente y, por tanto, en continuo desarrollo.

En cualquiera de los casos, estaríamos ante una suerte de selección natural por la que cada pequeña desviación pone a prueba la capacidad de supervivencia de cada universo en una existencia análoga a un baño de burbujas.

Lo infinito es ajeno a cualquier posibilidad de razón. La razón exige límites y, si el universo no los tiene, ¿cómo conocer racionalmente el universo? La pregunta parece un simple juego de ingenio, pero las actuales física cosmológica y física de los cuantos nos dicen que no es ningún juego, sino una realidad, ya nos movamos hacia lo "infinitamente grande" como hacia lo "infinitamente pequeño". ¿Hemos de resignarnos, pues, a situar barreras artificiales y hacer como que ya estaban ahí?

La asociación entre razón y finitud se remonta a la filosofía griega y ha impregnado todo la historia del pensamiento occidental, determinándola en virtud de una “aversión al infinito” que ha ido a la par con el horror vacui. Pensar lo infinito es inevitable, y ello entra en contradicción con la imposibilidad de conocer un infinito “real”, en tanto que, como infinito, es ajeno a la cantidad. Se produce, así, una dualidad en el entendimiento: pensamiento frente a conocimiento.

Según defiende el filósofo chileno Cristóbal Holzapfel en un breve ensayo titulado "La pregunta metafísica por los límites del universo", la ciencia tiene como propósito conocer, pues se basa en la razón; la filosofía, pensar en términos absolutos. No le corresponde a ella conocer. Escribe Holzapfel:

«Kant intenta mostrar por medio de las antinomias cosmológicas que cuando la razón, en tanto dialéctica, se aventura más allá del “suelo firme de la experiencia”, preguntándose por ejemplo acerca del mundo como “la totalidad de los fenómenos”, si acaso es finito o infinito, cae inevitablemente en antinomias. La razón queda así en la incertidumbre».

No es, entonces, el pensamiento lo que da problemas, sino el empleo exclusivo de la razón, que requiere de límites impuestos:

“…en el supuesto de una serie causal infinita, se podrán conocer entonces los tramos internos de la serie, digamos de un punto hasta otra. Y esto es justamente lo que hacen las ciencias, la filosofía segunda, las ontologías regionales que parcelan, delimitan la plenitud del universo y conocen lo que es de su competencia –fenómenos químicos, seres vivos, código genético—.

[…] Por otra parte, el supuesto de una serie causal infinita tampoco invalida el pensamiento desde el momento que le permite tal vez lo decisivo: reconocer la necesidad de esa serie, y, más precisamente, de la ilimitación universal. Acotando, es la limitación (no la invalidez) la que comparece aquí, al advertir el pensamiento que en cuanto a la ilimitación, no se puede acoplar con el conocimiento. Y por eso a la vez el pensamiento es el único capaz de abrirse al enigma universal”.

En definitiva, la razón está regulada por la noción de finitud, a la cual se acerca con el respaldo de las antinomias. El infortunio, dice Holzapfel, es que este planteamiento se ha impuesto y se ha pretendido el único posible; se ha impuesto el conocimiento al pensamiento, y por ende la ciencia a la filosofía, la cual ha contribuido desde sí misma a la “muerte de la metafísica”: “Los propios filósofos, desde Hume hasta el presente, han prácticamente logrado que ello se cumpla”.

“Mas, la ceguera que hay en esto es que el conocimiento sin el pensamiento que lo alimenta no es nada. El conocimiento no es sino una modalidad, una aplicación del pensamiento. Como hemos visto, el conocimiento sólo puede desplegarse en ontologías regionales y moverse en las parcelaciones del ser de la plenitud.
Pero hay algo más y que es de la mayor relevancia. El propio pensamiento no se justifica entenderlo tan sólo de modo antropocéntrico, a la manera del hombre-filósofo que libremente lo desarrolla. Por el contrario, hay que tener en cuenta que el pensamiento, y por cierto el hombre mismo, no son sino partes del ser-universo, y en este sentido tiene cabida una concepción ontocéntrica del pensar. […] Ello lo podemos resumir, siguiendo a Fichte, en la fórmula de que si yo pienso, ello piensa por mí. Se trata del reconocimiento de cómo la naturaleza se desarrolla hasta que llega un momento en que se desdobla, y es esencia y conciencia a la vez, contemplándose y haciéndose preguntas sobre sí misma, sucediendo todo ello a través de la aparición del hombre. Al despliegue de la naturaleza como conciencia bruta le sigue un repliegue como conciencia”.

Holzapfel recurre a una "cosmología filosófica" en la que se identifican universo y ser, pues ambos conceptos, en cuanto que ilimitados, se muestran como una misma realidad. Según esta idea, el universo es ilimitado y eterno, pues de lo contrario se hace presente el no-ser; y el ser, en cuanto que es, no puede no ser.

“…si bien ya en el pensamiento eleático se ganó una concepción de la eternidad del ser, sin embargo se lo encerró a la vez en una esfera –la esfera del ser—, lo que nos pone por supuesto ante el callejón sin salida de qué es lo que podría haber más allá de la esfera. ¿El no-ser?
Y la esfera se ha mantenido incluso hasta en la astrofísica contemporánea. Una teoría plantea un universo circular y la otra con forma de montura. La primera implica un universo cerrado y la segunda uno abierto”.

 

© PBS International.

El universo, en términos filosóficos, es ilimitado; pleno –no hay lugar para el no-ser—; uno –una ilimitación de limitaciones, las cuales se abren ilimitadas hacia lo pequeño—; devenir –decir que el universo “es” equivale a decir que “deviene”—. Esta es también la postura científica a que se ha llegado en los últimos años.

El universo sería, así, móvil en todas sus partes, pero inmóvil en su plenitud. Podemos entenderlo, dice el filósofo chileno, siguiendo la metáfora de los engranajes: cuando la Vía Láctea ha dado una vuelta en torno a su eje, la Tierra ha dado cien mil vueltas; y cuando nuestra galaxia ha dado muchas vueltas, el cúmulo local de galaxias ha dado sólo una en torno a sí mismo. “Esto quiere decir que, proyectando asintóticamente estos engranajes, al fin y al cabo el universo mismo en su plenitud no se mueve, y sin embargo, todo en él está en movimiento”. Otra analogía es la de la rueda, en la que todo está en movimiento salvo su centro.

Este pensamiento es el eterno presente o “ahora estático” de Parménides: todo lo que sucede en el interior del universo, en sus partes, es temporal, pero en su plenitud es atemporal, eterno.

La paradoja de un pensamiento así radica en el denominado “círculo hermenéutico”, que se refiere a las limitaciones del lenguaje cuando llegamos a este punto: si afirmamos que todo está en movimiento, ello implica que el movimiento mismo no lo está; si todo cambia, hay algo que no cambia: el cambio mismo. Por tanto, no todo está en movimiento.

“Pero hay algo más importante todavía, cual es que el último de los engranajes como el centro de una rueda pueden representarse como puntos asintóticamente igual a cero, en cuanto al movimiento, esos puntos no son propiamente físicos, ya que todo lo físico conocido se mueve y cambia. Esos puntos serían pues propiamente meta-físicos”.

La ilimitación no puede pertenecer a lo físico. Entonces:

“Como vemos, cuando hablamos del universo, del ser en tanto universo, estamos incluyendo en él todas las posibilidades del ser, incluso la espiritualidad y lo que concierne a dios. […] la concepción de un universo en su mera y bruta materialidad es completamente insuficiente. ¿Acaso las leyes que lo rigen son también materiales?
Ellos obliga a hacer una distinción necesaria: al universo material lo llamamos ‘cosmos’ y reservamos la palabra ‘universo’ para lo que corresponde también a la posibilidad de lo inmaterial y de la espiritualidad en él”.

En un universo ilimitado, cualquiera de sus partes es igual a nada en términos relativos, pues, aunque no se puede llegar a "ser" realmente "nada", en comparación con lo infinito cualquier limitación es una nada. “La unicidad de la ilimitación universal es de este modo de tal envergadura que no admite comparación alguna”. Siguiendo a Pascal: “Lo finito se aniquila ante la presencia de lo infinito y se convierte en pura nada”.

“Y porque el universo es ilimitado y abierto, él es abismo, esto es, abysos, sin fondo y fundamento. […] Si pensamos esto en términos de la razón suficiente, quiere esto decir que el universo carece de una razón tal, o a lo más podría decirse que si la hay él mismo constituye su propia razón suficiente, su propia razón de ser. Si fuera del universo no hay nada, la razón o el fundamento no podrían estar en algo distinto de él”.

Si no hay posibilidad de razón, quedamos expuestos al misterio, salvo por el hecho de que, puesto que la razón del ser es “ser”, es propio del universo “ser”, no algo en particular, sino simplemente ser. No cabe, dice Holzapfel recurriendo al pensamiento de Goethe, el “por qué”, sino el “porque”, “el universo que es (el quod), pero no por el ¿qué? (interrogativo)".

Siguiendo a Heidegger, el ser, “porque él mismo es el fundamento, queda sin fundamento". Sólo los entes tienen una razón de ser.

En cuanto al caos, “es patente que al universo ilimitado, abierto y abisal no le podemos prescribir un orden. La ilimitación no se deja encerrar en un orden, simplemente porque es tal”. El orden se reduce a un sistema limitado, el cosmos.

“Como carácter cósmico-universal, dado que todo lo conocido en el cosmos está bajo órdenes, se cae en la tentación de hacer la extrapolación al universo entero, como si éste fuera también una suerte de orden supremo, sin advertir que con ello fatalmente lo delimitamos”.

Cuando se trabaja en los límites de la Física, las teorías matemáticas rozan los pensamientos de la Metafísica; para evitar que la una le conceda un baile a la otra, pues su unión resultaría impropia en los términos del decoro intelectual de nuestro tiempo, se procede a calificar como extravagancia todo intento de acercamiento. Los impedimentos sociales impiden a la pareja expresar su atracción en público.

Hasta hace muy poco, la idea del multiverso era motivo de burla en ciertos ambientes académicos encantados de haberse conocido. Pero, de confirmarse la inflación del universo, la necesidad de pensar el multiverso se convertiría en un problema ciertamente serio. Quizás sea por eso por lo que mueve a la risa –histérica—.

Tiempos extraños estos, cuando no sabemos si hablamos de ciencia o de filosofía. ¿Acaso existirán límites entre ambas? Escribe Holzapfel:

“Pensar es pensar al servicio del ser. Y si el asunto mismo, en este caso el ser, exige que no pueden haber límites del universo ni hacia lo mayor ni hacia lo menor, pues entonces que así sea. El pensamiento no tiene otra posibilidad.”

Hoy, científicos de la talla de Tegmark, Brian Greene y Martin Rees son los más reconocidos defensores del multiverso. A su manera, repiten la conclusión de los filósofos: “No podemos descartar una idea porque no nos guste”, dice Tegmark.

Así de sencillo, que no simple.

Pero que, precisamente hoy en día, se empiece a hablar del Todo como un baño de espumas deja un resquemor: ¿no será otro juego más del lenguaje, ajeno a cualquier posible realidad más allá? Si es que acaso existe una realidad más allá del lenguaje, claro... Porque la metáfora de la espuma es muy típica de estos tiempos en que se acaba la Modernidad y sus seguridades.

En su libro Esferas III, Peter Sloterdijk expone la catástrofe que fue la pérdida del mundo redondo para una modernidad que ha perdido el centro y se ha sublevado contra el círculo divino. Las esferas se aglutinan y forman una espuma de espacios cerrados. En la era de la globalización, no hay un centro emisor sino una guerra de mensajes que se entremezclan en la red interconectada a escala planetaria como el laberinto de huecos de la espuma.

Frente a las burbujas contenidas en un globo único integrador, las burbujas de la espuma se acumulan en montones irregulares sin forma. Espumas por doquier, caóticas e incontrolables. En los mundos de espuma, ninguna burbuja puede contemplar la totalidad desde un centro estable.

La burbuja fue el símbolo de la vanitas entre los artistas del siglo XVII, del memento mori con que se complementaba la rosa marchita y la hueca calavera. Es seguro que las ecuaciones dicen mucho del universo que habitamos, pero más seguro es que sus traducciones al lenguaje de los vulgares  sólo explican los miedos existenciales que ocurren en el interior de los seres humanos.

Todo lo demás, todo, es mera vanidad.

“Muros, los de la metafísica, la ciencia, la moral, la política, la religión, las formas consensuadas de emocionarnos social y estéticamente, la filosofía o el arte, que hemos levantado para sostenernos, defendernos o protegernos pero que, cuando cobran solidez, nos impiden ver al otro lado, traspasar el ámbito conocido y aprender otras maneras de caminar, de estar y de relacionarnos con las cosas y, lo que es peor, nos hacen olvidar que alguna vez los hemos construido”.

(Chantal Maillard, Contra el arte y otras imposturas)

Copyright © Rafael García del Valle. Reservados todos los derechos.

 

Rafael García del Valle

Rafael García del Valle es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En sus artículos, publicados principalmente en su blog Erraticario, nos ofrece el resultado de una tarea apasionante: investigar, al amparo de la literatura científica, los misterios de la inteligencia y del universo.

Esa labor de investigación le lleva a conocer y comprender el desarrollo de la Tercera Cultura, que establece puentes entre las ciencias y las humanidades.

García del Valle escribe alternando el rigor de un científico y la curiosidad de un viajero –tras varios años de trabajo en Irlanda e Inglaterra, regresó a España, donde sobrevivió como cocinero durante algunos años–. Sin embargo, por encima de todo, el suyo es el punto de vista de un divulgador.

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