Por bueno que sea, todo mejora con tentáculos

Por bueno que sea, todo mejora con tentáculos Cubierta de "Achtung! Cthulhu Investigator´s guide to the Secret War", publicado por Modiphius Entertainment © Javier Fernández Carrera (Pintureiro). Reservados todos los derechos.

Los tentáculos nos siguen fascinando. ¿Por qué? Depende la persona a la que se pregunte, eso es parte de su encanto. Para algunos, simplemente son cosas repulsivas, para otros un manjar delicioso. Enigmáticos, feos, bonitos, incluso sensuales… a gusto del consumidor.

Han sido protagonistas de toneladas de portadas de revistas y novelas pulp. Han aterrorizado a patios de butacas y sacado de sus casillas a ejércitos de entusiastas de los videojuegos...

Pero, antes que nada, ¿tenemos claro qué son los tentáculos? La bióloga Adega Gonzalo nos deja las cosas claras:

“Los tentáculos –señala– son los órganos que mejor caracterizan a los cefalópodos, una clase de moluscos formada por unas 700 especies y cuyo rasgo definitorio es, básicamente, que poseen un grupo de tentáculos rodeando la zona de la cabeza. El número de estos viene determinado por la especie, y va desde los ocho que presentan los pulpos hasta los noventa de los nautilus. Pueden presentar o no ventosas también dependiendo de la especie.

Se trata de estructuras musculosas evolucionadas a partir de un órgano locomotor, pero que han diversificado sus funciones. Sirven para moverse, llevarse la comida a la boca, manipular objetos, sentir el mundo e incluso para reproducirse. Cada tentáculo del pulpo contiene multitud de receptores nerviosos, la mayoría en el borde de las ventosas, que se usan para palpar (mecanoreceptores) y al mismo tiempo, saborear y oler el mundo que los rodea (quimioreceptores). Tienen una red neuronal tan compleja que hace que en ocasiones los tentáculos actúen cada uno independientemente de los otros y del cerebro central. Esta complejidad neuronal hace que las ventosas sean capaces de fijarse a objetos con distinta fuerza, manipularlos y coordinarse entre ventosas contiguas.

Los tentáculos son órganos que se regeneran, así que su perdida no supone un problema para el animal más allá de tener que invertir tiempo y recursos en hacer crecer otro. Debido a la complejidad neuronal que poseen, los tentáculos amputados siguen respondiendo de forma lógica a estímulos durante al menos una hora. Esto se ve claramente en la época reproductora, cuando los pulpos macho usan uno de sus tentáculos como órgano copulador... este tentáculo modificado, llamado hectocótilo, acaricia a la hembra en busca de su cavidad cloacal en la que penetra para dejar los espermatóforos, desprendiéndose del cuerpo del macho una vez dentro de la hembra”.

Calamar gigante exhibido en el Deutsches Meeresmuseum Stralsund (Daniela Ziebell, CC)

Bien, ahora ya tenemos una idea muy precisa y científica de qué son los tentáculos. Pero no por ello dejan de resultarnos inquietantes.

Los animales que poseen tentáculos viven, principalmente, bajo el mar. Eso ya es un punto de intriga, incluso en nuestros días, así que imaginen antaño. ¿Qué se oculta bajo la superficie? Cosas repletas de tentáculos que se agitan y que te atrapan. Cosas, quizá, enormes. Ya sabemos que nada da más miedo que lo que no se ve, por aquello del poder de la imaginación.

Por otro lado, estos apéndices otorgan a animales tirando a extraños esa facilidad para manipular objetos que vemos en pocos seres que no sean los humanos o los primates. Eso siempre inquieta, especialmente en criaturas tan poco similares a nosotros.

"(ONE LIFE)" © Martin Grohs. Fotografía de Ivan Mladenov. Reservados todos los derechos.

¿Más elementos de interés? El parecido de los tentáculos con serpientes. El propio movimiento sinuoso, entre inteligente y aleatorio de los tentáculos. Las inevitables semejanzas fálicas…

Cabría esperar que en la era moderna, con la ciencia exponiéndolo todo y cargándose el misterio, los tentáculos dejaran de ser interesantes para convertirse en meros órganos animales. Pero no es así: siguen disparando la fantasía tanto como en los tiempos en los que la mitología nos hablaba de los monstruos marinos Escila y Caribdis poniendo las cosas difíciles a Odiseo, o del monstruoso Kraken zampándose los drakkar vikingos.

Edición de "Veinte mil leguas de viaje submarino" (Checoslovaquia, 1941) © Zdeněk Burian. Reservados todos los derechos.

La leyenda del Kraken, precisamente se unió en la era moderna a la ciencia especulativa en un memorable momento de la novela de Julio Verne Veinte mil leguas de viaje submarino, con el submarino Nautilus siendo atacado por un calamar tamaño familiar.

La lucha de la tripulación contra el ciclópeo chopito fue también antológica en la adaptación cinematográfica que llevó a cabo Richard Fleischer en 1954.

"Fly me to the moon" © Mathias Kollros. Reservados todos los derechos.

¿Por qué limitarse a animales más o menos reales? Los tentáculos son exportables a todos los ámbitos, desde las historias intergalácticas al terror interdimensional, ¿por qué no? En la novela que fundó el inabarcable subgénero de invasiones alienígenas, La guerra de los mundos, H.G. Wells nos enseñaba unos marcianos repletos de tentáculos, y proponía la idea de que eran así porque una especie avanzada tecnológicamente no necesitaría un cuerpo atlético, sino un cerebro potente y apéndices para manipular máquinas.

¿Y qué decir de las creaciones del literato Howard Phillips Lovecraft? Incluso las personas que no han leído su obra lo asocian a viscosos monstruos tentaculares, con el popular dios-monstruo Cthulhu a la cabeza. Tanto el escritor de Providence como su círculo de amigos y sus incontables seguidores-imitadores han hecho del tentáculo un elemento imprescindible del horror cósmico.

Michael Komarck: cubierta del libro "The Art of H.P. Lovecraft's Cthulhu Mythos" © 2006 fantasy flight. Reservados todos los derechos.

Hoy en día, los herederos de Lovecraft siguen haciendo filigranas tentaculares. Sin ir más lejos, no hay más que recordar las ilustraciones de Mike Mignola (todo un genio en esta especialidad) o en las películas de Guillermo del Toro, con imágenes tan soberbias como esa visión apocalíptica que aparece en la película Hellboy, con gigantescos tentáculos surgiendo de las nubes y arrasando la Tierra.

Los filmes de Guillermo del Toro se aprovechan de la tecnología actual para mostrarnos tentáculos espectaculares e hiperactivos, pero antes no era tan sencillo. Desde el uso de mecánicas más o menos trabajadas, como en el caso de la citada adaptación de Veinte mil leguas de viaje submarino al pobre Bela Lugosi moviendo los brazos del pulpo que le atacaban en la película de Ed Wood Jr. Bride of the Monster, cada cineasta tenía que echar mano de su imaginación y presupuesto para imitar tan inimitables apéndices.

La técnica stop-motion fue la más efectiva durante décadas para dotar de vida a los monstruos con tentáculos. El rey de esta técnica, Ray Harryhausen, lo demostró con el pulpo gigante que atacaba San Francisco en Surgió del fondo del mar (1955), o en los marcianos de La guerra de los mundos que, desgraciadamente, no se llegaron a usar en la adaptación cinematográfica de 1953.

El gran boom que vivió (¿sigue viviendo?) el cine fantástico entre los años 70 y 80 nos trajo tentáculos de todo tipo: lujosos como los del poderoso Sarlacc en El Retorno del Jedi (1983) o de factura “serie B” como los de la película italiana Tentáculos (1977), una imposible explotación de Tiburón perpetrada por el inefable Ovidio G. Assonitis con la presencia de decadentes mitos como Henry Fonda o John Huston.

Hasta Disney cedió a la tentación y dotó de tentáculos a la malvada Úrsula de La Sirenita (1989)

Con la llegada de los efectos digitales hemos podido ver tentáculos de todo tipo: las robóticas herramientas del Doctor Octopus, dando el salto de las viñetas al cine en Spider-Man 2 (2014), las ondulantes barbas del marino Davy Jones en Piratas del Caribe 2 , las voraces criaturas de espíritu pulp Deep Rising (1998) o las lovecraftianas criaturas de En la boca del miedo (1995) o La niebla (2007).

De hecho, una de las criaturas pioneras en la revolución digital fue el tentáculo de agua que curioseaba en la base submarina de la película de James Cameron Abyss (1989).

© Nick Keller. Reservados todos los derechos.

El mundo de los videojuegos no se ha quedado sin tentáculos, ni mucho menos. Es algo frecuente combatirlos en todo tipo de videojuegos. Los ejemplos son incontables, desde los abominables peligros alienígenas de Dead Space hasta las descacharrantes criaturas del clásico Maniac Mansion y su secuela, El Día del Tentáculo. ¿Cómo olvidar al megalómano Tentáculo Morado?

En un ámbito más sórdido, pero no exento de interés, están los tentáculos ficticios “para adultos”. Los reyes de esta especialidad siempre han sido los japoneses, y no es nada novedosa. Posiblemente por la estrecha relación entre los isleños japoneses y el mar, sumada a su afición por lo sexualmente grotesco, los nipones ya incluyeron relaciones entre cefalópodos y humanos en pinturas como la célebre El sueño de la mujer del pescador, obra de comienzos del siglo XIX del artista Hokusai.

Tiempo después, el manga cochino (también llamado Hentai), el anime y los videojuegos del país del Sol Naciente han exportado todo tipo de locuras pornográficas en las que criaturas terroríficas utilizan sus múltiples hectocótilos para inmovilizar y copular humanas, generalmente víctimas, en otras ocasiones voluntarias.

"Tokyo Species" (2012), de Nozomu Kasagi

El principal responsable de la popularidad mundial de esta especialidad porno es el artista Toshio Maeda, responsable de títulos tan célebres como Urotsukidoji, La Blue Girl o Demon Beast Invasion.

Cualquier persona normal echará un ojo a uno de estos cómics o películas (¡no siempre de dibujos animados!) y apartará la vista con desagrado, pero se corre el riesgo de descubrir que uno no es tan normal como creía. ¡Cuidado!

Aunque la frontera entre lo normal, lo natural y lo raro es más fina de lo que se podría pensar. Basta con fijarse en los tentáculos, que a la vez son lo más normal del mundo y sinónimo de lo extraño.

"Octopus Attack" © Mark Schultz. Reservados todos los derechos.

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

Es coautor del libro 2001: Una Odisea del Espacio. El libro del 50 aniversario (Notorius Ediciones, 2018).

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