¿Quién teme al griego (clásico) feroz? Oldboy, no

Las humanidades han estado, están y estarán ahí. ¿Por qué? Porque nos proporcionan nuestra individualidad, y cuando hablo de individualidad, no hablo de identidad, una palabra demasiado usada, para mi gusto, en estos tiempos. De hecho, por eso los estudios de humanidades son tan peligrosos para quienes se preocupan de la identidad de la masa y no de la del individuo.

Esta es una reflexión que me acompaña en mi día a día. Y en estos días de pasión (del griego páthos, sufrimiento), en los que España se ha llenado de vírgenes dolorosas, pensaba yo que deberíamos sacar una virgen dolorosa por una materia concreta de las humanidades: crucificada, enterrada y que corresponde a unos pocos resucitar para las nuevas generaciones que pasan por una educación formal.

Además, es curioso porque encaja bastante bien con las fechas que acabamos de pasar. Hablo del griego clásico, y digo que parece oportuno sacarlo a colación porque varios estudios que han abordado la figura de Jesús desde un punto de vista no religioso han señalado que se asemejaba bastante a la figura de un sofista, concretamente de la Segunda Sofística. Y en cualquier caso, para poder moverse como se movió, históricamente parece coherente que supiera hablar griego clásico, el idioma de cultura de la época, y que no era el del conquistador latino.

El griego clásico en la educación formal está dando sus últimos estertores. Me lo imagino como una Margarita Gautier tuberculosa, manchando de sangre sus pañuelos de seda, entre el olor de las camelias, y ante el horror de sus admiradores. El destino de esta materia, al menos en la educación formal no obligatoria, parece destinado a extinguirse, a ser el próximo pájaro dodo del mundo de las letras.

El lector podrá argumentar que no soy objetiva, porque yo soy licenciada en Clásicas. Más aún: me especialicé en griego, y hasta que no fui capaz de el leer griego clásico de Longino y Heliodoro, no paré.

Es cierto. Me aprendí casi la obra entera de Hesíodo (¿Quién? El autor a quien debemos el mito de creación del hombre y el de la jarra –sí jarra, no caja- de Pandora, y el de Prometeo). Pero no fue por obligación. Cuando acabé el instituto pensé: «Bueno, si quiero ser escritora y saber algo de cultura, lo más práctico será empezar por el principio y por lo más cercano». Y así, según próximos y ajenos, me cerré las puertas a una vida de lujos y reconocimientos, tal vez, como licenciada en Publicidad o Ciencias Políticas. Qué se le va a hacer, siempre he tenido un poco o bastante de bala perdida.

Ahora bien, este artículo no es para hablar de mí. Solo pretendo poner mi experiencia personal al servicio de mi argumentación, para que lo que voy a explicar ahora no suene a la locura de alguien que lleva demasiado tiempo sin dormir, aunque ese fuera mi caso cuando sucedió lo que me lleva al nudo de este artículo.

Siempre he padecido de insomnio. Siempre. Desde el día 1 de mi vida en este planeta. Ningún médico me ha podido dar una explicación más allá de “cada cual tiene su ciclo biológico”. Bien. Sin embargo, ser insomne o dormir a deshoras y poco tiene ventajas. Una de ellas es que ves la programación buena de la tele en abierto. Siempre ha sido así.

Hace unos dos o tres días, después de pasarme los días huyendo de programación de Semana Santa y de los derivados de las conspiraciones del Código Da Vinci, me encontré a las 2:15 de la madrugada con Oldboy, de Park Chan-wook, director de la llamada Trilogía de la Venganza a la que Oldboy pertenece, y cuya última película es Stoker (2013).

Con Oldboy, además de convertirse en, digamos, musa de Quentin Tarantino, el realizador consiguió el Gran Premio del Festival de Cannes, el galardón al mejor director en el Asia Pacific Film Festival, y el de mejor director del Festival de Sitges, entre otros. Con Thirst, su particular película de vampiros y que les recomiendo encarecidamente, triunfó de nuevo en Cannes en 2009, con el premio del Jurado.

Había visto Oldboy cuando se estrenó, por casualidad. No había entradas para la película que iba a ver y sabía de los reconocimientos de Oldboy, pero nada más. Así que entré absolutamente virgen a ver aquella historia singular, que se desarrolla durante unas dos horas. Me quedé fascinada, aunque no habría sabido decir exactamente por qué, y pese a las quejas de mi acompañante.

Oldboy es una película extraña. Tiene un sentido del humor intrincado y retorcido, pero está ahí. Tiene momentos grotescos y otros de lucha, que a la vez de ser de una gran violencia son auténticas coreografías: no creo que haya muchas escenas de lucha que mejoren a la del pasillo, entre otras cosas porque no peca del defecto más habitual, uno movimientos de cámara que no te dejan ver quién pega a quién. Tardaron tres días en rodar la escena, y fue sin cortes. De principio a fin.

De Oldboy también se recuerda la famosa escena en la que Dae-su, el protagonista, tiene que comerse un pulpo vivo. Defensores de los animales, tápense los oídos: no fue uno, fueron cuatro, porque tuvieron que repetir la toma cuatro veces. Eso sí, consuélense, Choi Min-sik, el actor que engulló los pulpos enteros y vivos, rezó una plegaria por cada uno de ellos, siguiendo sus creencias budistas.

Visualmente es, a la vez, todas esas cosas. Pasa de la violencia más brutal al humor socarrón, y de ahí, a la belleza más absoluta (como la imagen final en un paisaje invernal) que se vuelve en segundos grotesca, solo con un cambio de gesto en segundos.

Si han llegado a leer hasta aquí, se preguntarán qué narices hago hablando de pasos de Semana Santa, de griego clásico y de Oldboy.

¿Y si les digo que Oldboy serviría como material para enseñar a los alumnos (mayores de 16 años) qué es una tragedia clásica? Tiene todos los elementos. (Y a partir de aquí vienen spoilers) El héroe que ha cometido un error que ha causado la muerte de una inocente sin saberlo, el destino del que no puede escapar, el castigo que no comprende, incluso su determinación por descubrir qué ha ocurrido y cuál es el motivo de toda aquella desgracia es calcado a la que demuestra Edipo en Edipo rey, tragedia de Sófocles, y modelo del género para Aristóteles.

Tanto Dae-su como Edipo luchan por averiguar la verdad, sin saber que esa misma verdad con la que ellos creen que harán justicia los destruirá. Cuando descubren que ambos son culpables de acabar con la vida de un inocente y de incesto (uno con su madre, otro con su propia hija, Mi-do), Edipo se arranca los ojos, Dae-su se corta la lengua.

Evidentemente, hay diferencias, pero precisamente ese es el error en el que incurren muchos filólogos: pretenden encontrar fotocopias perfectas. A veces, yo misma me he comportado como un sabueso buscando el olor de lo clásico y encuentras dos líneas calcadas de Homero: ¡Eureka! (En griego quiere decir, «lo he encontrado, por cierto»).

Sin embargo, de eso no va, o no debería ir el estudio de la tradición clásica en épocas posteriores. Lo que interesa es la intertextualidad, la hipertextualidad, o las relecturas, si quieren un término más simple y directo. A través del estudio de nuestra antigüedad –de la de Europa quiero decir–, podemos analizar, interpretar la película de un director de Corea del Sur, de 2003. ¿Vamos? ¿No les parece un milagro de resurrección?

Más arriba, hacía referencia a todas las similitudes, pero de lo que muchas veces se olvidan los filólogos que trabajan la tradición clásica es que tan importante es lo que hay como lo que no hay. Por ejemplo, cuando en una escena del crimen se analizan las manchas de sangre, los científicos expertos saben que no solo deben tener en cuenta las manchas, sino los huecos, porque pueden delatar la presencia de una persona.

O más aún, en astronomía, la semana pasada se descubrió un planeta con unas características que lo situarían en una zona de habitabilidad (no hagan las maletas todavía, solo quiere decir que podría ser habitable, falta por determinar, por ejemplo, qué tipo de atmósfera tiene y la masa, lo cual es bastante importante para decidir si podemos construir allí un par de urbanizaciones).

¿Saben cómo se ha descubierto? Con el llamado método de tránsito, es decir, midiendo la leve disminución del brillo de una estrella cuando un órbita a su alrededor se cruza en la línea de visión de la Tierra. Vamos, que descubrimos algo porque vemos que falta algo, luz.

Algo semejante ocurre con los agujeros negros. ¿Cómo sabemos si existen si no emiten luz? Precisamente por la que falta. Bueno, es una explicación burda de un fenómeno más complejo, pero me sirve para mi argumentación.

Todos estos métodos se aplican perfectamente a los estudios de humanidades. ¿Qué falta y por qué? En Oldboy faltan dioses, pero hay villanos. Falta alguien que determine su destino. Nadie ajeno a Dae-su lo lleva a revelar el secreto que arruinará su vida, es decisión suya. Y el villano es, en realidad, la víctima de Dae-su. Él, un ser humano pero con un poder económico ilimitado, es quien mueve los hilos. Y Mi-do es la única inocente, que actúa movida por una completa ignorancia, con la única voluntad de hacer el bien: primero es Yocasta después la Antígona que cuida a su padre ciego, mudo en este caso. No tenemos adivino, tenemos una mujer con capacidad de hipnotizar y modificar comportamientos.

Hasta aquí, mis paralelismos entre Oldboy y la tragedia griega. Estoy segurísima de que no soy la primera en tener esta idea. Seguro que hay algún artículo publicado en algún sitio, o en varios. La cuestión es qué hacer con ella. ¿Publicarla en una revista y guardarla en algún archivo jpg. donde ya ni siquiera puede coger polvo? ¿Y si en lugar de eso, aplicamos estos nuevos enfoque al estudio de las humanidades, del griego, en las escuelas?

Incluso podemos poner el cebo de la violencia y del sexo. Los antiguos griegos no dudaron en hacerlo en la Ilíada y la Odisea (recordemos que estoy hablando de los chavales de 16 a 18 años). Además, el sexo y la violencia son algo presente en la realidad, y al fin y al cabo, (y aquí apelo al padre preocupado por la inocencia de su hijo, que probablemente sea un crack con el Grand Theft Auto) es ficción. Subrayémoslo: Oldboy es ficción. Lo que les espera en el mundo, no.

Y ya puestos, ¿no nos llevaría ese razonamiento a no poder proyectar Un perro andaluz, de Buñuel: sexo, muerte, cosas raras…? Y no menciono a Buñuel en vano. Me cuesta creer que la escena de las hormigas de Oldboy no tenga nada que ver con Buñuel.

Para acabar, el objetivo de este artículo es recordar una vez más que la antigüedad griega no está muerta, y que hay infinidad de maneras de llevarla a las aulas si le echas un poco de imaginación y pasión.

Ya ha ocurrido antes. Hemos pasado por épocas oscuras en las que la cultura griega, la base de lo que hoy somos, se ha escondido, ha quedado recluida en viejos monasterios. Y ha vuelto a resurgir. Por cierto, la vuelta de la valoración de la cultura clásica suele coincidir con periodos de bonanza tanto económica como cultural. Así que no se crean a quienes proclamen el apocalipsis de esas lenguas muertas (me dan escalofríos con solo escribir esas dos palabras).

Sin embargo, muchos hombres han muerto y la herencia clásica sigue ahí. Eso debería darnos algo de humildad ¿Y saben por qué? Porque forma parte de quienes somos como individuos.

Las ideas nacionalistas, por ejemplo, nacidas con Hegel y sobre todo con Herder (un hombre al que da miedo leer), son unas recién nacidas, y aun tienen que demostrar su capacidad de pervivencia a los cambios (su capacidad de destrucción está ya archidemostrada).

Las letras clásicas, en cambio, han resurgido de sus cenizas (en algunos casos literalmente) en muchas ocasiones. Solo tiene que haber personas dispuestas a llevarlas a las aulas. A devolverles su sitio, en lo que podría considerarse hoy en día una acción casi subversiva, pues el objetivo final es formar ciudadanos, no trabajadores amedrentados.

Desde luego, hay que transmitirlas con una nueva visión. El profesor debe saber a quién tiene delante y en qué siglo se encuentra. Para ello “solo” necesitamos personas que crean en su trabajo, que les guste, que no solo sepan de cultura clásica y que crean en el ser humano.

El problema es que, para encontrar a esas personas y colocarlas en el lugar oportuno, necesitamos creer en la educación y que nos importe. Por ejemplo, a un profesor de griego (por oposición) que afirme que no es necesario dar griego en un bachillerato de letras (y de esto soy testigo) habría que enviarlo al rincón de pensar.

En definitiva, necesitamos un Renacimiento, que puede estar a la vuelta de la esquina, pues antes de todo resurgir, siempre hubo una época de oscuridad. Y tal vez, aunque nos quedan años de oscuridad por delante, la luz no esté tan lejos como pensamos.

Copyright del artículo © Julia Alquézar. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Show East, Egg Films, Tartan Films. Reservados todos los derechos.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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