Zuckerberg o el moderno Prometeo

Quizá usted, como yo, era uno de los pardillos de la clase. Tener gafas, no comulgar con la política de castas del aula o interesarse por otras cosas que no fueran el fútbol, la competición o los cotilleos se solía pagar duro: collejas, insultos… lo clásico a manos de los abusones y de la masa cobarde que les reía las gracias.

Una situación desagradable, que casi siempre deja secuelas en la vida adulta. ¿Injusta? Claro. ¿Innecesaria? No queda tan claro.

Un aula no deja de ser una pequeña representación de la sociedad, una lucha por el equilibro entre cerebro y fuerza física. ¿Funciona una nación basada exclusivamente en la paz y el ejercicio intelectual? No, siempre vendrá otra nación a aplastarla. ¿Funcionan los regímenes basados en la represión y la violencia? Ya sabemos que, además de ser horribles, tampoco son muy prácticos. Por lo tanto, podríamos decir que el empollón y el matón son necesarios para mantener la balanza nivelada.

Hoy en día, los marginados (pringaos, nerds, frikis, elija usted el nombre) ya no son lo que eran. La importancia de las nuevas tecnologías, con la Diosa Informática dominando el mundo, ha hecho que los empollones se conviertan en héroes de masas (Mark Zuckerberg, Steve Jobs). Hollywood se rinde a sus pies, triunfan series como The Big Bang Theory o The IT Crowd y hasta los esnobs se disfrazan de frikis.

Revenge of the Nerds ha terminado convirtiéndose en una realidad, y por fin se ha hecho justicia: los mansos han heredado la Tierra. ¿Los mansos? ¿En serio?

Por desgracia, no es poco frecuente toparse con un empollón que ha triunfado en la vida (un buen trabajo, “máster” en las partidas de rol, una novia de impresión…) que se comporta como una auténtica basura abusona. De hecho, es más que frecuente. ¿Las causas? Pueden ser varias, aunque suelen coincidir el rencor hacia el mundo acumulado y la falta de empatía que tantas veces va asociada a un intelecto privilegiado.

Estos pequeños déspotas con vegetaciones son unos sociópatas de cuidado, suelen tratar a los demás como objetos de usar y tirar y pagan con sus parejas todos los años de rechazos amorosos.

¿Les parece que estoy hablando de alguien en concreto y que esto no es más que una diatriba contra alguien específico? De eso nada, he visto varios casos reales, pero si no me creen, pongamos unos ejemplos tomados directamente de la más fiable de las fuentes: la ficción.

El mayor y mejor analista de este fenómeno del que hablo ha sido Stephen King, quien nos ha contado en más de una ocasión los males de otorgar demasiado poder a un pardillo, siendo quizá el mejor ejemplo el de Arnie Cunningham en la novela Christine. Arnie es un chaval apocado y buen estudiante, con un buen amigo, pero acosado por los matones.

Tras el acto de rebeldía contra sus padres que significa comprar un coche, los beneficios psicológicos (y físicos) de ganarse el pan con el sudor de su frente y la alegría de echarse una buena novia, Arnie logra tener autoestima, pero esa autoestima se le va de las manos y termina transformándose, como diría el filósofo, en un auténtico gilipollas mezquino.

Y es que el rencor es muy malo, sobre todo si es un rencor hacia el mundo. Pensemos en la gran cantidad de supervillanos que no dejan de ser empollones rencorosos y/o ególatras: Lex Luthor, El Espantapájaros o prácticamente todos los malos de Spiderman.

En ese aspecto, Spiderman es un gran ejemplo para los empollones del mundo: “sed empollones buenos, como Peter Parker. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. No lo uséis para vengaros de la chica que os dio plantón en octavo”.

Pero no todos los marginados tienen por qué ser genios. Algunos, sólo fuimos “frikis tontos” (Milhouse Van Houten), no “frikis listos” (Steve Urkel).

A esos, a los raritos sin más, también conviene tenerles controlados. Sí, es cierto que nunca inventarán una bomba nuclear ni crearán una red social, pero también pueden hacer mucho mal si adquieren poder: fíjense en la cantidad de políticos necios que hay sueltos por el mundo, cobrándose con dolor ajeno las collejas de juventud. Hitler no pudo acabar el instituto, si me permiten esta infracción de la Ley de Godwin.

¿Recuerdan a Tetsuo el chaval de Neo-Tokio que dejaba fluir su ira y destruía medio ciudad con sus poderes en la película Akira? ¿Han visto Chronicle, el vistoso remake no-oficial de Akira?

Respetemos las leyes de la naturaleza: dejemos que los frikis sigan construyendo el progreso de la especie humana, pero mejor en la sombra y sin demasiados vítores.

Sigamos combatiendo el bullying, pero tampoco nos libremos del todo de esos matones que nos atormentaron en vida y nos siguen visitando en las pesadillas.

A veces, conviene no olvidar que no somos omnipotentes, y que, como decía el bueno de Qui-Gon Jinn, “Siempre hay un pez más grande”. Uno que te quita el Bollycao en el patio.

Copyright © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

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