Darcy y Knightley

Es cosa de mujeres soñar con el príncipe azul. Es cosa de mujeres desear que el corazón, cuando señale con su flecha a un contrario, sea felizmente correspondido. Lo sé desde siempre. Desde ese primer momento en el que miré, con ojos de mujer y no de niña, otros ojos que se cruzaron con los míos en la calle Real, ese camino transitado por el que todos caminábamos en busca de la vida que nacía.

Las mujeres esperamos demasiado del amor, ya lo sabemos. Está en nuestra naturaleza. Nunca nos sentimos suficientemente amadas. Es una espera muchas veces inútil. Por eso la insatisfacción es nuestro santo y seña. Creemos tener derecho a una felicidad que pasa solo por el hombre y el hombre, ajeno a todo esto, se mueve en una arena movediza en la que sus pies no alcanzan a hallar la tierra firme.

La vida real nos ofrece una muestra cabal de ese interés mayúsculo por las cuestiones del corazón. Nuestras conversaciones se basan la mayoría de las veces en analizar minuciosamente todos los recovecos sentimentales que nos afectan. Por eso, cuando no estás enamorada, caes en desventaja con respecto a las demás. Lo dice el señor Bennet, ninguna chica puede dejar de disfrutar de la alegría de un amor no correspondido que mostrar a sus amigas.

En los libros de Jane Austen, en sus cinco novelas mayores (Sentido y sensibilidad, Orgullo y Prejuicio, Mansfield Park, Emma y Persuasión) las protagonistas son mujeres. Y las principales secundarias también. Es un universo femenino cuyas claves se obtienen después de una ardua observación de los reductos íntimos, porque la vida de interior es femenina y la exterior ofrece mucho menos interés. Pero los hombres juegan en esos libros un curioso papel. Son, por así decirlo, cooperadores necesarios. Sin ellos no se entendería el devenir de las chicas Bennet, ansiosas de conocer a un “casaca roja” que las salve del aburrimiento, o el sufrimiento de Marianne Dashwood o el pugilato ingenioso de Emma Woodhouse.

Sin ellos Fanny Price no acumularía frustraciones. No habría pugnas entre la señorita Bingley y Elizabeth Bennet. No existiría la tristeza digna de Jane Bennet o la resignación sensata de Elinor. Ni, por supuesto, la desenvoltura traicionera de Lydia Bennet, el paradigma de la cabeza de chorlito.

Los hombres son escenario y, a la vez, motivo y consecuencia. Son el destino. Y en esa galería de hombres que Austen traza como si ella misma y su biografía fueran, poco menos, que Madame Bovary y Anna Karenina juntas, destacan, sobre todo, dos. Cualquiera de los dos reúne dones como para que cualquiera de nosotras, mujeres del siglo XXI, podamos pensar que, de ser posible, nos hubiéramos enamorado de ellos. Me refiero, claro está, a Mr. Darcy y a Mr. Knightley. Distintos, pero muy parecidos. A través de ellos podemos conocer el ideal masculino de Jane Austen y este tema sí que es interesante. Porque todas mis amigas sensatas coinciden en que este es también su ideal.

Ambos personajes ofrecen, a la vez, un “amor civilizado” pero, al mismo tiempo, poseen el secreto de la pasión. Nada de amores estereotipados. Todo lo contrario. Miradas, miradas que envuelven, miradas que se clavan en el corazón, miradas como dardos, que atraviesan, miradas. Gestos, sonrisas y, a veces, el resumen de un beso apasionado, de esos que, cuando yo era una niña, pensaba que existían solo en el cine.

Darcy es un hombre joven y apuesto. Es un terrateniente, un caballero, que posee la más hermosa casa de la región del Derbyshire, Pemberley, cuya biblioteca no es igualada por ninguna otra de las de las casas solariegas de Inglaterra. Es un hombre que lee, que monta a caballo, que caza perdices y otras aves y que mantiene una compostura envidiable en todos los lugares a los que asiste. Es rico de cuna y eso se le nota. En su familia hay nobles y ningún comerciante ni arribista. Cuida con amor fraterno a su hermana pequeña, Georgina y es un buen amo, un protector de sus arrendatarios. Pero como todos los ídolos tienen algún defecto, el de Darcy es el orgullo. Se muestra altivo con la gente de menor nivel, sobre todo cuando estos hacen gala de poca educación o de actitudes incorrectas. Ese orgullo, que al principio del libro se hace tan patente, se va diluyendo con el paso de las páginas, precisamente porque el amor lo transforma. Si acepta que la familia de su amada tiene tantos defectos, difícil será para él volver a ser el Darcy orgulloso que nos presenta Austen en su primer retrato.

Mr. Knightley ama desde siempre a Emma. No tiene que realizar ningún esfuerzo de adaptación, ni cambiar ni un ápice de su forma de ser, porque Emma es de buena cuna, en realidad la única mujer de su entorno que lo merece. Él es un caballero, poseedor de tierras, juicioso, leído y lleno de virtudes. Dieciséis años mayor que Emma lo convierten, también, en su Pigmalión emocional, en el hombre que le enseñará el camino del buen juicio. Pero no nos engañemos, entre ambos se produce un extraordinario feedback, de forma que se impregnan uno del otro y es así como funcionan estas cosas. No hay maestro y alumna, los dos aprenden a la vez que quererse es cosa de aprendizaje mutuo y de encuentros compartidos. Knightley es el hombre que, a pesar de amarla tiernamente, no deja de criticar a Emma sus tonterías y sus jugueteos que a veces hacen daño a los otros, aunque lo hace con esa forma asertiva que le es propia, y que indica una madurez que para sí quisieran los hombres en general.

En este sentido Knightley es superior en juicio a Darcy, lo que no deja de ser lógico porque este personaje fue creado con posterioridad. El carácter de los libros nos impide observarlos en la intimidad. Dónde guardan sus corazones, dónde sus deseos más íntimos. Cómo serán esos encuentros en los que todo se desnuda. Cómo se abrirán ellas, igual que las flores del jardín de sus magníficas casas. Cómo se entregarán al juego de los cuerpos desnudos. Cómo se besarán en la soledad de los salones o en la oscuridad aliviada por las velas de los dormitorios. Cómo será el amor cuando llega el amor en realidad. Cómo el ardor de la sangre. Cómo el deseo. Cómo amarán esos hombres una vez que se despojan de sus vestidos elegantes y aparece la piel contra la piel. No es Austen la encargada de desvelarnos estos secretos y ha de ser nuestra propia imaginación la que supla esta ausencia manifiesta.

Siendo así que las protagonistas de los libros de Jane Austen son mujeres, no hay que dejar de observar este punto de vista: ellas son más y más diversas, pero ellos, sobre todo estos dos modelos que cito, son más perfectos, adecuados y admirables. Los hombres que todas quisiéramos encontrar en nuestro camino, siempre que, claro está, no seamos para ellos mujeres invisibles. Porque no contar para un necio puede sobrellevarse, pero ¿quién soporta con dignidad no ser nada para un hombre de verdad? Un hombre que, como ellos, te robe el mes de abril con toda naturalidad para que la primavera entre en tu jardín.

Copyright © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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