El año de Emma

El año de Emma George Goodwin Kilburne (1839-1924): "Penning a Letter"

Eran los días previos a la Navidad del año 1815. En la antesala del despacho del Príncipe Regente, el futuro rey Jorge IV, había un paquete envuelto con cuidado, aunque con un papel algo deslucido, basto, poco regio. El paquete había sido depositado allí por uno de los ayudas de cámara del Príncipe y llevaba algunas horas en el mismo sitio sin que nadie aparentemente se percatara de su existencia.

Justo a la hora del té, las cinco en punto de la tarde, hora lorquiana aunque en el palacio nadie lo sabía, un mayordomo vestido como en Downton Abbey recogió el paquete y, entrando con movimientos sigilosos en la habitación dorada, se acercó con respeto a la mesa redonda con tapa de mármol que estaba situada en el centro de la estancia y lo colocó allí, sin decir palabra.

El Regente, sentado como estaba en un cómodo sillón de alto respaldo, con brazos de madera noble y tapizado con un estampado suave de rosas de otoño, alargó la mano derecha y asió el paquete. No esperó que el mayordomo cumpliera su función y lo desenvolviera. No. Porque tenía verdadero interés en conocer el resultado de “aquello”. Una aventura, desde luego. Algo que le tenía intrigado y que ponía un poco de pimienta a su vida de gobernante sin apenas otros quehaceres que aquellos derivados de mantener en pie un reino bastante balbuceante.

El papel que envolvía el paquete era de color oscuro, casi marrón y llevaba atada una cinta también oscura, aunque de un tono cobrizo. No parecía que nadie se hubiera afanado esencialmente en que aquello tuviera buen aspecto, ni nadie le había colocado una cinta de brillante raso o una notita que indicara su contenido. Así que el papel y la cinta cobriza cayeron al suelo y en las manos del Príncipe quedó, ahora sí, el objeto, por llamarlo de alguna forma, que estaba en su interior. Era un libro.

Primera edición de "Emma", publicada por John Murray en 1816 © Bonhams

El libro estaba encuadernado y cosido, con unas tapas algo más gruesas de lo normal, de un tono desvaído, y llevaba impresas las letras del título: Emma y del autor, aunque, en este caso, la cosa era más críptica, menos evidente: “Del autor de Orgullo y Prejuicio”. Ah, bien sabía él quién se escondía detrás de este artificio. Había leído Orgullo y Prejuicio con deleite, con verdadera satisfacción. Y eso que le advirtieron sus asesores, algunos de ellos reputados literatos, que se trataba de una obra menor, algo de amoríos le dijeron, cosas de mujeres, nada importante, enredos de familias, bodas, en fin… Sin embargo, el Príncipe Jorge se deleitó con su lectura, mucho más de lo que hubiera imaginado, y estuvo, al menos, un par de horas al día entretenido con el libro, de forma que pudo olvidarse de sus ocupaciones, aunque soportando, de vez en cuando, las molestas interrupciones debidas a su cargo. Pero cuando estaba solo podía enfrentarse al placer de esas palabras tan bien expresadas, de esos detalles que le mostraban la vida tal y como era, no como se desarrollaba entre los muros del palacio.

En la primera página de Emma había una dedicatoria. Sonrió. El autor, fuera quien fuera, se la había dedicado a él, al Príncipe Regente. Bien sabía Jorge que esto solía ser una artimaña de quienes quieren ser encumbrados a costa del reconocimiento de los principales. Pero, en este caso, tenía la certeza de que no era así. El autor, fuera quien fuera, no estuvo muy dispuesto a esa dedicatoria tal y como alguien le había susurrado en su momento. Tuvo que ser el editor el que lo convenciera porque conocía de sobra el interés del Príncipe Regente por las cosas que antes había escrito esa misma persona.

Era una dedicatoria de compromiso pero esa idea no pesó en el ánimo del lector que, en esa hora del té, oscurecido ya, con el anochecer en ciernes, se sentó dispuesto a sumergirse en su contenido. El té se quedó frío en la mesa. Las pastas, dulces, galletas y unas tostadas untadas de gelatinosa mermelada de arándanos, no se despegaron de los platos, de fina porcelana con bordes de oro y el anagrama de la casa. Las manos del Príncipe Regente recorrieron las primeras páginas y allí encontró a una muchacha de veintiún años, preciosa, inteligente, ingeniosa y también, ay, casamentera, entrometida, pagada de sí misma y decidida a no casarse nunca.

Estas son las palabras que leyó:“Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia; y llevaba vividos en este mundo casi veintiún años sin que casi nada la afligiera o fastidiara”

Vaya. Pensó. Para variar una mujer que no pasa necesidades, que no tiene una pléyade de problemas familiares, que no se siente desgraciada. Y seguía: “De hecho, los verdaderos males de la situación de Emma se debían a esa libertad algo excesiva de obrar a su antojo, y a una propensión a formarse una opinión más que buena de sí misma; éstos eran los inconvenientes que amenazaban con estropear sus muchas diversiones.”

Bueno, bueno. La tal Emma es alguien bastante especial. Y, de pronto, no supo por qué, la imagen imaginada de la protagonista del libro se superpuso sobre la otra imagen, la de la persona que lo había escrito, alguien anónimo, porque su nombre es un secreto. Cómo, se pregunta a sí mismo el Regente más adelante, cuando las palabras le van mostrando detalles de la vida y la personalidad de Emma. Cómo es que una muchacha guapa y con buena posición, que tiene en sus manos la posibilidad de elegir marido, no quiere casarse… A qué se debe esta novedad…

Ah. Al fin y al cabo, pensándolo bien, no le resultó demasiado extraño. No. Porque adivinaba que la mente del autor, fuera quien fuera, había urdido este personaje con algún motivo, con alguna intención que se le escapaba en esos momentos, pero que adivinaría no más tarde de las primeras cincuenta páginas. O eso pretendía…

Edmund Blair Leighton: "A Favour" (1898) © Christie's

Era muy tarde cuando el futuro Jorge IV se levantó del sofá tapizado de rosas de otoño y se dirigió con paso lento a la habitación de al lado. Allí estaba todo dispuesto para su baño y para el ritual de vestirse para la cena. La liturgia de cada día se realizó a modo. No hubo variaciones. Sin embargo, su criado observó cierta sonrisa irónica en su rostro, inhabitual en un hombre tan serio, y cierto ensimismamiento, casi ensoñación, en una persona tan racional. Nada de esto recordaba haberlo observado antes. Le dio la impresión de que era un hombre ¿feliz? Aunque ya sabemos que el hombre feliz no tenía camisa y el Príncipe se ajustaba, con su ayuda, una de blanco impoluto, debajo del frac que le sentaba como un guante.

(En 1815 se publicó Emma, de Jane Austen. En 2015 celebramos “El año de Emma”. Pasen y lean).

Copyright del artículo © Catalina León Benitez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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