Emma y la inteligencia femenina

Emma ‒el personaje creado por Jane Austen‒ no lo tiene fácil. Todos la consideran muy inteligente, pero, a veces, esas mismas personas que la rodean, excepto su padre, claro, piensan que utiliza su inteligencia de una forma incorrecta.

Usar bien la inteligencia no es algo que pueda aprenderse en diez lecciones. Ni siquiera el señor Knightley ha podido lograr que sea menos impulsiva, que piense algunas cosas antes de decirlas, o que las calle. Callar, ese gran reto de quienes sienten cómo bailan en sus mentes las ideas, una tras otra. De quienes no pueden evitar que les surja un comentario ingenioso, un chascarrillo, una opinión, en medio de una charla, una visita o un acontecimiento. Justo en el sitio menos adecuado, con la concurrencia menos acorde, algo, una mariposa dorada, hace cosquillas en tu cabeza y tienes que guardarte para ti una frase que se te aparece una y otra vez y que la tienes en la punta de la lengua todo el tiempo, hasta que, cansada de esperar a que la dejes volar en libertad, se esfuma por donde ha venido.

Emma hace verdaderos esfuerzos por ocultar, en ocasiones, cómo su pensamiento vuela y vuela, traspasa las conversaciones y se posa en algo nunca visto por los otros. Su claridad de mente es un talento pero también un motivo de distancia. Hay veces en que se encuentra sola. No siempre los demás aplauden la chispa de sus observaciones. En esos “demás” no entra, desde luego, el señor Knightley, probablemente el único ser sobre la Tierra que alienta la inteligencia de Emma y la considera un atributo adorable.

Las mujeres de los libros de Jane Austen tienen esta clase de inteligencia que nace del ingenio natural, el razonamiento y la bondad. Una inteligencia sin bondad es listeza y artimaña. Pero no es el caso. Ninguna de ellas, ni Catherine, ni Lizzie, ni Elinor, ni Jane, ni Marianne, ni, por supuesto, Emma, utilizan recursos ni ardides para lograr sus objetivos. Por contra, encontramos que en estas mujeres predomina una limpieza de actuación que no es frecuente encontrar en las narraciones de la época, en las que las mujeres se veían obligadas a fingir, a esconder, a ocultar o a simular.

La simulación es el gran ejercicio femenino que, en los inicios del siglo XIX, se consideraba incluso un arte. Nadie debe advertir que somos pobres, que nuestra fortuna es escasísima, que estamos necesitadas de una buena boda, que cosemos y recosemos los vestidos para que parezcan buenos, que cambiamos la forma de los sombreros para disimular que se han quedado antiguos, que ocultamos las manos para que nadie pueda pensar que hacemos trabajos duros….

Elizabeth Bennet tiene una inteligencia fresca y animada, una forma de ver la vida desde el prisma del ingenio y el humor. Su comprensión con respecto a la gente que la rodea y sus deficiencias solamente se ve alterada cuando puede verse perjudicada con respecto a las pretensiones amatorias del señor Darcy. Pero es solamente una ráfaga, un momento de duda, una ilusión momentánea.

Por su parte, Elinor es la inteligencia sensata, que es capaz de aguardar, sin mover un músculo, que las aguas vuelvan a su cauce, incluso que el cauce se desborde y la arrastre a ella. En las intrigas que rodean su relación con Edward Ferrars ella es la única mujer que permanece incólume, que no se ve salpicada por ese oleaje de figuraciones y de engaños.

Emma tiene, con respecto al resto de las heroínas de Austen, un problema añadido. Algo que, difícilmente, puede ser perdonado. Su status económico, su posición social, es superior a todos aquellos que la rodean. Difícilmente esto puede ser considerado una ventaja a la hora de ser querida. Pueden respetarte o temerte, pero quererte es otra cosa.

Emma es inteligente y rica. Y esa segunda cuestión le resta aprecio, le suma reticencias. Además, esa inteligencia abre siempre un resquicio a la duda sobre su propia actuación. Lo expresa claramente cuando dice “no siempre se sentía tan absolutamente satisfecha consigo misma, tan completamente convencida de que sus opiniones eran las correctas y las del otro las equivocadas, como el señor Knightley”. Es decir, la sombra de esa duda revolotea sobre las discusiones entre los dos protagonistas del libro. Y siempre la razón cae del lado de él. ¿Por qué, nos preguntamos? ¿Cede, al fin y al cabo, Jane Austen, en su apreciación de la inteligencia femenina, reconociendo que, a la postre, no puede compararse con la de un hombre mesurado, un caballero, como el señor Knighley?

No sabemos lo que piensa acerca de Emma la enigmática Jane Fairfax, cuyos sentimientos no llegamos a conocer, pero sí oímos claramente a la señora Elton considerar que es una desgracia que el señor Knightley y Emma acaben casándose, y a Harriet Smith, que llega a abominar de la amistad de Emma y de las turbulencias que le ha ocasionado.

Ser mujer y ser inteligente no es fácil. Hagamos una traslación a cualquier época. En muchos tiempos históricos las mujeres han tenido que ocultar lo que sabían y, sobre todo, lo que pensaban. El ideal femenino se ha sostenido durante mucho tiempo sobre el modelo de la mujer prudente, la columna que sostiene en silencio a la familia. Y, aunque las cosas han cambiado, no se han superado ciertos clichés. El hombre inteligente y sesudo con la rubia tonta, por ejemplo. Porque hay que ser muy inteligente para amar a una mujer inteligente…

Copyright © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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