Emma y la intuición

Emma y la intuición Imagen superior: Vittorio Reggianini

Como solía ser, y a falta de críticos más profesionales, editores concienzudos o equipos de lectura editorial, Jane Austen pidió a sus familiares y amigos más cercanos que opinaran sobre el manuscrito de Emma.

Por supuesto ella sabía que esas opiniones se centrarían en la propia muchacha y en su carácter, pero estaba preparada para ello. No obstante, hubo otras que se hablaron de pequeños detalles de ambientación y de, podemos decir, dirección artística, como que florecieran en julio los manzanos de la finca de Knigthley. Hubo división de opiniones, cosa lógica y la gran galería de personajes fue desmenuzada como si de vecinos se tratara. Es el resultado de las costumbres del campo inglés en el que el placer de la observación de la vida cotidiana y de sus mil peripecias entusiasma mucho más que aquello que ocurre en otra geografía.

Así lo contaba siempre Miss Marple, la anciana investigadora aficionada de Agatha Christie, cuando cotilleaba a modo con su sobrino o sus amigas, afirmando que cualquier minucia de Saint Mary-Mead podía llegar a ser el misterio más interesante de resolver del mundo.

Emma parece carecer de intuición, hay que decirlo. Esa virtud tan femenina, directamente relacionada con la inteligencia (pues la verdadera intuición nunca es ciega ni sorda a los estímulos externos), se ve en ella mediatizada por sus convicciones personales, tan absolutas, que parece imposible que provengan de una chica de apenas veinte años. Esas certezas denotan escasa predisposición a dejarse influir por los demás, lo que puede ser positivo, salvo si está una lamentablemente equivocada. Como le ocurre a Emma muchas veces.

Su escasa intuición y su seguridad en sí misma, ambas mezcladas, merman su inteligencia, que la tiene, o la conducen por unos vericuetos indeseados, como le dice con una mezcla de cariño y de cabreo el propio señor Knightley: “Es mejor no tener inteligencia que emplearla tan mal como tú, Emma”. No se explica de otro modo que no se dé cuenta del escaso cerebro de Harriet Smith, una chica tan falta de interés por la vida que ni siquiera lo tiene de conocer quién es su verdadero padre, caso único en la historia de la literatura.

Tampoco nota Emma el carácter embaucador y engañoso de Frank Churchill, a pesar de que en el fondo él no le importa lo más mínimo. No distingue el efecto que sus palabras causan en la señorita Bates, inflingiéndole una humillación innecesaria en esa escena de Box Hill en la que Emma la considera incapaz de decir menos de tres tonterías a la vez. Pero, seguramente su mayor fracaso intuitivo está en que ni siquiera advierte sus propios sentimientos ni, a pesar de los años que llevan tratándose, conoce de verdad al señor Knigthley.

Éste, seguramente el más cabal de los hombres que retrata Austen, mucho más que Darcy porque tiene una línea de actuación coherente y sin tacha durante toda la obra, no podría nunca enamorarse de alguien como Jane Fairfax, por lo que esa duda, alimentada por la señora Weston en la cabeza de Emma, no debería haberle causado ni el mínimo dolor.

Jane Fairfax es una mujer tan seria y ensimismada que carece de algo que él determina como indispensable en una mujer: la alegría de vivir. Cuando él le hace esta confesión debería Emma de haber reflexionado sobre sí misma porque, si algo le sobra, es precisamente eso. Debería haberse preguntado cuánto tiempo un hombre joven, con fortuna y bien parecido, estaría jugando a ser su maestro antes de pasar al enamoramiento completo. Pero, en ningún momento sospecha que el señor Knightley está enamorado de ella. Descubre antes, aunque de forma dolorosa, que es ella la que ha sucumbido a estos sentimientos. Y lo hace cuando su amigo, al que ella escucha y atiende más que a nadie, en realidad, al único que escucha y atiende, se enfada con ella por su actitud con la señorita Bates. Es la primera noche que Emma pasa en su vida sin dormir, con remordimientos de conciencia y sufriendo enormemente.

El clarear del día no va a disipar su desasosiego y ella actúa entonces con la nobleza de carácter que, en el fondo, tiene. Llena su cesta de alimentos y se dirige muy temprano, al amanecer, a la casa de los Bates, para depositar allí su ofrenda y ofrecer sus disculpas. La escena en la casa es sintomática de que Emma no es una alocada joven sin sentimientos, sino una mujer que guarda dentro de sí un tesoro que hay que descubrir.*

La forma en la que Austen revela la inadvertida tensión sexual entre Emma y Knightley, a raíz de esta discusión, es magistral. “Emma sintió cómo le corrían las lágrimas por las mejillas durante casi todo el trayecto de regreso a la casa, pero, aunque eran extraordinarias, no se molestó en reprimirlas”.

Emma se da cuenta de que, a veces, imponer su voluntad no es divertido, sobre todo si tienes que encontrar frente a ti el reproche del hombre al que amas, sin comprenderlo todavía. Cuando, en una deliciosa conversación privada, Emma asegura a su enamorado que no podrá dejar de llamarlo señor nada más en ciertos momentos íntimos que imaginamos, Austen está adentrándose en una terreno absolutamente novedoso para ella a todos los niveles, el terreno de la explicación del sentimiento amoroso y, aún más, del encuentro sexual. Es gracias a eso que Emma comienza a parecerse a una heroína de D. H. Lawrence, una señal clara de que Austen era capaz de imaginar experiencias ajenas a las suyas para describirlas con un dominio absoluto del sentimiento y de la literatura.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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