La saga de "El Planeta de los Simios"

Los años centrales de la década de los sesenta supusieron una travesía del desierto para los aficionados a la ciencia ficción cinematográfica. Tras diez años de éxito, las adaptaciones de obras de Julio Verne y H.G. Wells que comenzaran con 20.000 Leguas de Viaje Submarino (1954) ya habían completado su recorrido y los estudios volvían a mostrarse reacios hacia un género que, en el fondo, seguían considerando propio de la serie B.

El único que seguía apostando ocasionalmente por proyectos atrevidos en ese campo fue la 20th Century Fox, ofreciendo ocasionalmente pequeñas joyas, como Viaje Alucinante (1966), una cinta tan ampliamente aclamada y premiada como económicamente rentable.

Y entonces llegó 1968, el año dorado del cine de CF. Y ello no sólo gracias a 2001: Una Odisea del Espacio y, en menor medida, Barbarella (dos películas que no tienen absolutamente nada que ver entre sí), sino también por otro film que, a su vez, era completamente diferente de los anteriores. Se trató de El Planeta de los Simios (de nuevo financiado por la Fox), el primero de los tres pesimistas films de ciencia ficción que Charlton Heston protagonizara en estos años de transición (Los otros fueron Cuando el destino nos alcance y El último hombre…vivo).

El Planeta de los Simios fue uno de los mayores éxitos registrados por el género en el cine antes del estreno de Star Wars (1977). En un fenómeno sin precedentes hasta entonces, dio pie a una franquicia multimedia de extraordinaria rentabilidad y penetración cultural que sirvió de modelo a otras posteriores, desde Star Trek y Star Wars a Alien o Terminator.

El Planeta de los Simios fue la adaptación de la novela homónima escrita por el francés Pierre Boulle, si bien se introdujeron bastantes cambios respecto de aquélla. Los exploradores franceses comandados por el galo Merou son sustituidos por tres astronautas norteamericanos liderados por un cínico Taylor (Heston). Su nave, que abandonó la Tierra en 1972, tiene como objetivo alcanzar la lejana Alfa Centauri, pero se estrella en lo que parece ser un planeta alienígena. El resto de los miembros de la expedición ha muerto mientras se hallaban en animación suspendida, por lo que los tres abandonan el vehículo y se adentran en el desierto rocoso que les rodea tratando de hallar signos de vida.

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Durante varios minutos, los astronautas caminan por un paisaje desértico y rocoso. Taylor no tiene esperanzas ni interés en regresar a la Tierra y no muestra consternación alguna cuando comprueba que el reloj de la nave marca el año 3978, una jugarreta de la relatividad espacio-temporal. Aunque todos aquellos que dejaron atrás hace mucho que han muerto, el mordaz y desengañado Taylor aún alberga esperanzas de encontrar algo mejor que la especie humana.

Sus esperanzas no se cumplen. Como sucede en el libro, los astronautas hallan una sociedad en la que los simios han alcanzado la cúspide de la pirámide evolutiva mientras que los humanos han quedado reducidos a un estado animal, cazados por los simios y utilizados como cochinillas de indias. Taylor es capturado junto a la que se convertirá en su pareja, Nova (Linda Harrison). Habiendo perdido el habla a causa de una herida, es considerado al principio como un mero animal, pero consigue demostrar su inteligencia a una pareja de chimpancés científicos Zira (Kim Hunter) y Cornelius (Roddy McDowall). Esa misma inteligencia, sin embargo, despierta la animadversión del anciano sabio Zaius (Maurice Evans), quien por alguna razón que solo se revela al final de la película, lo considera una peligrosa amenaza.

A la vista del éxito cosechado por la franquicia, éxito que continúa aún hoy, puede sorprender que El Planeta de los Simios estuviera a punto de no existir nunca como película. El que llegara a buen puerto debe atribuírsele al esfuerzo y perseverancia de dos personas: Arthur P. Jacobs y Charlton Heston.

Jacobs había comenzado en el mundo del cine como humilde mensajero para la MGM. Ascendido al departamento de publicidad, enseguida demostró su capacidad para la promoción y las relaciones públicas. No tardó en independizarse como representante y al cabo de dos años ya figuraban entre sus clientes nombres como Gregory Peck, Marilyn Monroe o James Stewart. En 1963, fundó su propia productora, con una trayectoria irregular en la que se alternaron los grandes éxitos (Ella y sus maridos, 1964) y los estrepitosos fracasos (El extravagante Doctor Doolitle, 1967).

Jacobs había comprado los derechos de la novela de Pierre Boulle en 1963. A diferencia del novelista, que consideraba aquélla uno de sus trabajos menos interesantes, Jacobs pensaba que el relato podía servir de base a un film visualmente llamativo. Contactó con ilustradores y diseñadores y elaboró un dossier de 130 páginas con ideas, bocetos y pinturas. Durante un año entero, con el dossier y un guión escrito por el legendario Rod Serling bajo el brazo, Jacobs trató de vender su proyecto a los principales estudios de Hollywood. No tuvo el menor éxito.

No es difícil imaginar por qué. Naves espaciales, simios parlantes… eran ideas un tanto extravagantes y si a ello se unía que hasta la fecha los actores enfundados en trajes de mono habían resultado absolutamente patéticos, no puede extrañar que a los ejecutivos les pareciera que todo aquello era material propio de los antiguos seriales por entregas, películas de serie B o episodios televisivos, pero en ningún caso digno de figurar en una película “seria”.

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Decepcionado pero no rendido, regresó a su actividad como publicista, pero no abandonó su idea. Sabía que sus oportunidades de sacar adelante el proyecto mejorarían sustancialmente si contaba con el compromiso de una gran estrella. Contactó con Marlon Brando y Burt Lancaster, que no mostraron interés. Y entonces lo intentó con Charlton Heston, quien había interpretado con enorme éxito a gigantes fílmicos como Moisés o Ben-Hur. Nada en la carrera de Heston hasta la fecha apuntaba a que este actor de rasgos duros y voz profunda pudiera acabar en un film de CF. Y es que en 1968, la ciencia ficción no era un género que atrajera a estrellas "respetables". Podías participar en CF si estabas en el comienzo de tu carrera o en el crepúsculo de la misma; o bien podías ser una estrella del género, pero sólo del género, como Boris Karloff o Bela Lugosi.

Heston era un hombre que a pesar de su atractivo para el gran público era también conocido por apoyar proyectos difíciles que no contaban con el beneplácito de los grandes estudios. Así, por ejemplo, bendijo con su presencia a Sed de mal de Orson Welles; o a Mayor Dundee de Sam Peckinpah. También contaba con una aguda percepción de lo que necesitaba hacer para mantener su posición de icono cinematográfico. Así, Heston prestó a El Planeta de los Simios (y, por extensión, a todo el género de CF cinematográfica) su credibilidad como estrella de cine. En retrospectiva, la jugada del actor fue genial porque, a cambio, la película le regaló un éxito gigantesco y el propio género le ayudó a extender su carrera en los setenta con títulos como los antes mencionados El último hombre…vivo o Cuando el destino nos alcance.

Fue el decidido apoyo de Heston el que obtuvo la luz verde para un proyecto, el de El Planeta de los Simios, que ya empezaba a tener fama de maldito. El actor, para empezar, reclutó a un director de su confianza, Franklin J. Schaffner. Éste había acumulado experiencia como realizador en la televisión, medio en el que ganó varios premios Emmy. Su paso al cine vino de la mano de Rosas perdidas (1963), adaptación de una obra teatral. Heston lo conoció gracias a su participación en su siguiente película, El Señor de la Guerra (1965). Más adelante, este realizador se responsabilizaría de dramas épicos como Patton (1970), Nicolas y Alejandra (1971), Papillon (1973) y una cinta más de ciencia ficción, Los Niños del Brasil (1978). Jacobs ya tenía una idea sólida, unos bocetos prometedores, un actor de renombre y un director. Con todo ello consiguió interesar a Richard D. Zanuck, quien acababa de heredar de su padre el sillón de presidente de la Fox.

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Había ciertos reparos respecto al guión, pero todos parecían estar de acuerdo en que la clave de la película sería la caracterización de los actores como simios. Richard D. Zanuck entregó cinco mil dólares para una prueba de maquillaje que demostraría si vestir a un montón de extras con disfraces peludos y toscas máscaras tornaría el film en una farsa. Se realizó una prueba utilizando maquillaje diseñado por el jefe de dicho departamento en la Fox, Ben Nye. Aunque primitivo, convenció a Zanuck de que la película podría ser creíble visualmente. Decidió financiar el film, dando un plazo de siete meses para la producción, que comenzaría a principios de 1967.

Sin embargo, se hizo evidente que el maquillaje iba a necesitar de técnicas más avanzadas de las que Nye podía aportar, concretamente prótesis faciales de látex –un material nuevo por aquel entonces‒ que pudieran ser llevadas por los actores durante prolongados periodos de tiempo y que no ocultaran la expresividad y la gestualidad facial de sus rostros.

Fue entonces cuando se recurrió a John Chambers. Éste había ejercido como médico en la Segunda Guerra Mundial y trabajado en un hospital de veteranos, donde desarrolló prótesis y miembros artificiales para los mutilados. Consciente de su talento en ese campo, se trasladó a Hollywood, donde no tardó en convertirse en un cotizado profesional, diseñando prótesis para Los Munsters, Perdidos en el Espacio e incluso Star Trek (fue él quien diseñó las hoy legendarias orejas de Mr. Spock).

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Chambers no sólo era bueno e innovador, sino rápido. Todas sus virtudes hubieron de ser puestas a prueba en El Planeta de los Simios. Creó una mascara compuesta de dos piezas de látex que permitía conservar la mirada y la expresividad facial de los actores que las vestían –si bien éstos debían forzar los gestos‒, pero es que además hubo de “vestir” facialmente a 200 extras, hacerlo en cuatro meses y no sobrepasar el presupuesto de un millón de dólares.

Por si fuera poco, diseñó tres modelos diferentes de máscaras: los amigables chimpancés tenían un aspecto más cercano al del hombre; los gorilas, todos dedicados a la carrera militar, expresaban incluso mayor fiereza que sus contrapartidas reales; y los orangutanes, que reflejaban en su rostro su carácter elitista y aristocrático. Por su trabajo en El Planeta de los Simios, John Chambers ganó justificadamente un Oscar especial (el Oscar al mejor Maquillaje como categoría independiente no se creó hasta la década de los ochenta).

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El maquillaje fue uno de los principales dolores de cabeza del productor, y no sólo en la etapa de preproducción. Hubo de buscarse bajo cada piedra de cada estudio de Hollywood el talento requerido para un trabajo en absoluto fácil. Algunos días hubo trabajando en el rodaje hasta 80 profesionales entre maquilladores, peluqueros y personal de guardarropía. Tantos profesionales absorbió El Planeta de los Simios, que otras películas de Hollywood sufrieron retrasos al no poder contar con estos expertos. A pesar de que el estudio recortaría el presupuesto inicial asignado a la película, la partida de maquillaje permaneció inalterada. Los esfuerzos de todo el equipo en este aspecto salieron a cuenta, puesto que una parte no pequeña del éxito de la película es sin duda achacable a la extraordinaria caracterización.

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El guión, como ya hemos mencionado, había sido escrito originalmente por Rod Serling, una leyenda de la ciencia ficción gracias a su creación televisiva La Dimensión Desconocida (1959-63). Tras la cancelación de ese programa, Serling se dedicó a escribir guiones cinematográficos con un fuerte componente político (como Siete Días de Mayo, 1964). Las escenas iniciales, con un Charlton Heston profiriendo amargados comentarios sobre la condición humana, son característicos del cinismo que Serling desplegó tanto en La Dimensión Desconocida como en la más tardía Night Gallery (1969-72).

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Imagen superior: "Las personas son iguales en todas partes" ("People Are Alike All Over"), episodio nº 25 de "La Dimensión Desconocida" ("The Twilight Zone"), dirigido por Mitchell Leisen y escrito por Rod Serling. Este episodio fue emitido el 26 de marzo de 1960 © CBS.

Serling parecía ser la elección idónea para la tarea de adaptar el libro de Boulle. Al fin y al cabo, él había introducido una idea similar a la de la novela en un episodio de La Dimensión Desconocida emitido en marzo de 1960. Titulada "Las personas son iguales en todas partes”, presentaba a un astronauta interpretado –qué casualidad‒ por Roddy McDowall cuya nave se estrella en Marte. En el accidente, su compañero muere y él contacta con unos marcianos telépatas de aspecto humano y civilización muy avanzada. Su talante es aparentemente hospitalario, pero al final lo encierran en un zoo como curiosidad exhibida públicamente. La moraleja era clara: no importa lo avanzada que sea una sociedad, hay cosas, como la crueldad y la incomprensión con lo que le es extraño, que no cambian.

Dado que Pierre Boulle publicó su libro tres años después, ¿estamos ante un caso de plagio? En realidad, tampoco Serling fue el padre de la idea. Ésta proviene de un relato pulp escrito por Paul W, Fairman en 1952. Serling modificó bastante aquel cuento para afilar el comentario satírico y rematarlo con un final impactante tal y como era la norma en sus guiones.

Serling se esforzó de veras en mantenerse fiel a la novela de Boulle, como lo demuestra el que en un año escribiera una treintena de borradores del guión. Sin embargo, su lealtad al original, con los simios viviendo en una sociedad tecnológica análoga a la nuestra, resultó ser imposible de filmar, tanto desde un punto de vista técnico como financiero, y el guión hubo de ser reescrito por Michael Wilson, un profesional vetado en Hollywood durante los cincuenta y entre cuyos créditos figuraban clásicos como Qué bello es vivir (1946), Un lugar en el sol” (1951), El Puente sobre el río Kwai (1957) o Lawrence de Arabia (1962), si bien su labor en estos dos últimos no apareció acreditada en su momento a causa del “exilio” oficial al que se hallaba sometido debido a su negativa a colaborar con el Comité de Actividades Antiamericanas.

Su principal aportación consistió en convertir la sociedad futurista de los simios en una civilización tecnológicamente primitiva, que fue excelentemente visualizada por el diseñador de producción William J. Creber. Éste extrajo su inspiración para la ciudad simia de las peculiares formaciones rocosas de la Capadocia turca. Pero, además, Wilson disfrazó bajo el aspecto de una película de aventuras, un mensaje indudablemente político, una crítica a determinadas actitudes muy humanas fruto de su experiencia como autor “maldito” en Hollywood. Ejemplo de ello es la escena del juicio, una réplica de las audiencias que el guionista hubo de sufrir ante el mencionado Comité.

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El escenario que plantea El Planeta de los Simios no es muy verosímil que digamos. De hecho, resulta difícil asumir que Taylor continúe pensando que se halla en un mundo alienígena cuando los supuestos extraterrestres/simios hablan un inglés que él puede entender perfectamente. Con todo, Rod Serling, Michael Wilson y el director Franklin Schaffner hacen lo que pueden para que el espectador pase por alto esos “detalles”.

Cualquier impresión que se pudiera tener en los primeros minutos del film de que lo que se iba a ver era un episodio alargado de Dimensión Desconocida, se esfuma en cuanto aparecen los simios: montando a caballo, disparando y cazando humanos y posando sobre sus cuerpos asesinados para tomarse una foto. Esas escenas están dirigidas con maestría: planos rápidos, cámara siempre en movimiento y ocultando hasta el momento preciso la identidad de los cazadores. Son unos momentos espeluznantes de gran intensidad dramática que marcan el verdadero comienzo del film.

A mitad de película, el tono cambia. La violencia de las escenas iniciales se ve reemplazada por una sátira social acerca de las estupideces inherentes a la sociedad humana, haciendo que los simios se comporten como hombres. No siempre se consigue el mejor de los resultados. En los peores momentos no es más que una burda parodia realizada por gente llevando máscaras, como en la escena donde se remedan los ritos religiosos o en la que los gorilas posan junto a sus presas y, especialmente, en el innecesario gag del juicio con los tres monos sabios representando el dicho «No ver el Mal, no escuchar el Mal y no decir el Mal» (en realidad, un momento de improvisación durante el rodaje que se decidió dejar en la versión definitiva al comprobar su efecto cómico).

Pero también hay grandes ideas, como la amarga parodia que domina toda la segunda parte y que remite directamente al todavía recordado Juicio de Scopes, que en Estados Unidos enfrentó al profesor John T. Scopes con el Estado de Tennessee, cuya legislación prohibía enseñar en el seno del sistema educativo “cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre tal como se encuentra explicada en la Biblia, y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores." Rod Serling y Michael Wilson bordaron los diálogos de esas escenas del proceso contra Taylor, todavía hoy calificables como de entre las mejores que ha dado el cine de ciencia ficción.

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Por tanto, la historia y el desarrollo de la acción se ajusta con notable fidelidad a estándares del género ya bien establecidos: lo militar versus lo científico, paranoia nuclear, viaje espacio-temporal… Pero lo que todo el mundo recuerda, lo que ha quedado como una imagen icónica de la cultura popular, es el sorprendente y escalofriante final. Esa escena le daba a la película una elegancia y perdurabilidad que aún no se ha extinguido. Sí, ese desenlace era característico del tipo de historias que Serling gustaba de contar en La Dimensión Desconocida, pero también era algo más: la afirmación de que los finales felices ya no podían darse por sentados en el cine y que guionistas y directores de Hollywood eran pero que muy capaces de sorprender a su público hasta la última escena.

No siempre estuvo ese final en la mente de los productores. En una versión del guión se contempló la posibilidad de que Nova quedase embarazada (tal y como sucedía en la novela), pero ello abría posibilidades que requerirían una exploración más profunda: ¿nacería el niño con la inteligencia de Taylor? ¿Podría hablar? ¿Qué ocurriría si surgía una nueva raza humana?. Lo que se estaría narrando sería la historia del resurgimiento de la especie humana. El enfoque elegido, en cambio, sería el opuesto y para ello aprovecharían uno de los primeros borradores escritos por Rod Serling. Cuando Taylor se encuentra en la solitaria playa batida por las olas con los restos oxidados de uno de los principales iconos del siglo XX, lo que se nos revela es que hemos presenciado el final de la especie humana.

Resulta irónico escuchar a los artífices de la película afirmar que aquel final no fue concebido como alegoría de mensaje alguno, sino como artificio para impactar al espectador. Y, sin embargo, intencionado o no, lo cierto es que con aquella imagen transmitieron una idea que entonces permeaba la sensibilidad de una parte de la sociedad americana del momento: las esperanzas de un futuro brillante depositadas en la nación, podrían acabar convertidas en una pesadilla apocalíptica.

Aquella impactante escena no fue sino el más destacable reflejo del tema subyacente en toda la saga: el conflicto racial y la devastación consecuencia de un conflicto nuclear. A diferencia del Merou de la novela, que aprende a respetar la civilización simia y acepta con resignación su papel en el seno de la misma y el dominio de la nueva especie dominante, Taylor es incapaz de contemporizar con quienes considera salvajes, y no hace más que acumular odio y desprecio por sus captores tal y como queda perfectamente reflejado en su frase más célebre: “Quita tus asquerosas patas, maldito mono”.

Rodado en el marco de los acontecimientos sociales que sacudieron Estados Unidos en los sesenta (la lucha por los derechos civiles, las manifestaciones contra la guerra de Vietnam), el film de Schaffner se ha interpretado a menudo como una alegoría del enfrentamiento racial o del colonialismo occidental, pero nunca se pretendió que su mensaje político se sobrepusiera al entretenimiento derivado de las premisas propias de la ciencia ficción.

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Imagen superior: La Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad fue liderada el 28 de agosto de 1963 por Martin Luther King Jr. Entre las estrellas que participaron en esta masiva manifestación contra el racismo destacan Charlton Heston, Sammy Davis Jr., Burt Lancaster, Marlon Brando y Harry Belafonte (cortesía de la Biblioteca del Congreso, Washington).

Por otra parte, las complejidades morales de la situación hacen que, aunque elijamos el bando humano que representa Heston, no podamos dejar de sentir cierta simpatía por los simios, cuya convivencia se ve perturbada por un ruidoso y desestabilizador intruso. Aunque su sociedad tiene evidentes defectos –como la concentración de conocimiento en una oligarquía cerril y la segregación en “castas”‒, lo cierto es que han conseguido coexistir pacíficamente y lo único que quieren es que los humanos no vuelvan a causar un nuevo cataclismo. De hecho, uno de los momentos más intensos de la película es aquel en el que se revela que el Dr. Zaius conoce la verdad sobre el auge y caída de la especie humana y que su intención es proteger a su gente de la locura que llevó a la perdición de aquéllos. Esa es la razón por la que mantienen un control tan férreo y brutal sobre los humanos supervivientes.

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Normalmente, Heston era un actor que tendía al hieratismo y la rigidez, pero en esta ocasión su interpretación de un astronauta que huye de una sociedad que detesta para verse atrapado en una que le detesta a él, es intensa y emotiva. Su intervención en la película dio pie a algunos críticos a confirmar su idea de que el actor representaba el “imperialismo occidental”. Para ello relacionaban su papel en El Planeta de los Simios con otros anteriores de su carrera, afirmando que Heston parecía estar embarcado en una perpetua lucha para defender el “fuerte” de la civilización occidental contra las hordas de bárbaros de piel oscura.

Otros, en cambio, argumentaban precisamente lo contrario: se trata de una inversión del mito occidental puesto que al final se le niega al héroe blanco tanto su victoria final como su conversión en mártir. Heston no interpreta aquí a un personaje formidable rebosante de entereza, todo lo contrario: se pasa media película huyendo y recibe palizas, le queman, mojan, apedrean y casi lo lobotomizan. Taylor no es, dese luego, el arquetipo de héroe victorioso que había encarnado el actor en otras ocasiones.

No fue un rodaje fácil para Heston. Agotado por las altas temperaturas, las exigencias físicas de su papel y el apretado plan de rodaje, se hallaba enfermo de gripe el día que hubo de rodar las secuencias en las que huye por la ciudad simia, es atrapado en una red y grita su famosa frase: “Aparta tus sucias manos, mono asqueroso”. Su voz enronquecida por la enfermedad contribuyó a realzar la intensidad de su actuación.

Roddy McDowall y Kim Hunter están asimismo sobresalientes en su papel de científicos simios, inquisitivos al tiempo que bondadosos. Edward G. Robinson iba a interpretar originalmente al Dr. Zaius –de hecho, fue él quien participó en la prueba de maquillaje preliminar‒, pero las pesadas sesiones de caracterización, su avanzada edad y precario estado de salud le obligaron a renunciar. Su sustituto fue Maurice Evans, un veterano especializado en obras de Shakespeare.

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Linda Harrison interpretó a Nova, la sobrevenida compañera de Taylor. Harrison era una reina de la belleza que por entonces no sólo tenía un contrato con la Fox, sino una relación sentimental con el presidente del estudio, Richard Zanuck. No hay duda de que eso fue lo que le valió obtener un papel en la película, pero aun así su muda presencia resulta refrescante. Su juventud (tenía 22 años), belleza natural, primitivismo y escasa vestimenta hacían referencia no sólo a su papel como nueva Eva, la mujer a partir de la cual puede renacer una nueva Humanidad, sino al ideal hippy que en ese momento alcanzaba su cénit.

Una de las anécdotas más curiosas de El Planeta de los Simios ocurrió fuera de la pantalla: sin que hubiera nada establecido en ese sentido, los actores que interpretaban las diferentes clases de monos acabaron almorzando siempre con compañeros de reparto que vestían de la misma forma: gorilas con gorilas, chimpancés con chimpancés y orangutanes con orangutanes... Algo paradójico si tenemos en cuenta que el clasismo y los prejuicios son dos de los temas centrales de la historia.

Siguiendo con el aspecto visual del film, los paisajes de las Montañas Rocosas americanas se han utilizado en incontables ocasiones como recreación de mundos alienígenas, a menudo en historias centradas en la figura del pionero, ya fuera con su recreación en estudio (La Conquista del Espacio,1955) o en los auténticos exteriores filmados en parajes tan hostiles como el Valle de la Muerte (Robinson Crusoe en Marte, 1964). Fue especialmente influyente en el uso del desierto como escenario alienígena Planeta Prohibido (1956): las resecas llanuras de tonos pastel de Altair V fueron un temprano anuncio de la estética que Lucas adoptaría en Star Wars (1977).

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Sin embargo, fue la utilización que el director de fotografía de El Planeta de los Simios, Leon Shamroy, hizo de los desolados entornos naturales del lago Powell (Arizona) y los remotos parajes ribereños del río Colorado en Utah y Colorado, uno de los ejemplos más paradigmáticos de cómo transformar algo familiar y claramente terrenal en algo extraño y alienígena. No fueron secuencias fáciles habida cuenta de lo adverso del territorio: durante días y días de temperatura infernal (se llegaba a los 49º C), las cámaras y el equipo hubieron de ser transportados por helicóptero y a lomos de mulas. Pero Schaffner pensaba que esos minutos iniciales eran importantes para establecer el tono de la película e ir acumulando suspense.

Parte fundamental a la hora de crear una atmósfera hostil, inhumana e inquietante, fue la música de Jerry Goldsmith. El compositor creó una banda sonora atonal pionera en Hollywood, interpretada con instrumentos inusuales, como cacerolas o cuernos de carnero y le hizo merecedor de una de las muchas nominaciones a los Oscar de su carrera (dice la leyenda que llevaba una máscara de gorila mientras componía para sentirse más cerca de los personajes).

El rodaje finalizó en agosto de 1967, dentro del plazo establecido y sin exceder el presupuesto asignado. Se estrenó en febrero de 1968 y fue un fulminante éxito de crítica y taquilla que nadie pudo haber pronosticado. Recaudó más de 22 millones de euros y cautivó al público de todas las edades. Los adultos apreciaron la calidad interpretativa de los actores y el acerado análisis político de su guión, mientras que los niños se sintieron cautivados por su sentido de la aventura y elementos fantásticos.

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El Planeta de los Simios se convirtió un una línea divisoria de la CF cinematográfica: a partir de ella, actores reconocidos podían participar en este tipo de películas sin miedo a no ser tomados en serio (algo que aún se pondría más de manifiesto tras el estreno de 2001: Una Odisea del Espacio aquel mismo año). En términos de credibilidad, Heston y un puñado de monos aportaron al cine de género más que los cuarenta años anteriores.

Esa misma credibilidad, sin embargo, fue experimentando un continuo declive con el estreno de cada una de las secuelas que siguieron entre los años 1970 y 1973). Quizá a ello contribuyó el alejamiento de Charlton Heston y un presupuesto siempre decreciente que dificultaba la recreación de los elementos fantásticos de las historias. No obstante, considerada como una sola unidad, la saga de El Planeta de los Simios fue una de las más coherentes y originales de la historia de la ciencia ficción cinematográfica.

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El éxito de El Planeta de los Simios había sido colosal, por lo que lo último en lo que pensaban los ejecutivos de la Fox era matar a la gallina de los huevos de oro. Exigieron una secuela. Hoy estamos acostumbrados a ellas, pero en aquellos años eran una rareza incluso en los casos que hoy nos podrían parecer obvios. La película contaba una historia completa y su final parecía cerrar la posibilidad de una continuación. Sin embargo, el público quería más, y Richard Zanuck estaba dispuesto a complacerles. Exigió a los productores que encontraran la forma de superar la apocalíptica imagen final.

Presionado por el estudio, Arthur P. Jacobs recurrió a las mentes que habían aportado el sustento conceptual básico de la primera película: Rod Serling y Pierre Boulle. Durante meses, ambos aportaron una amplia gama de ideas, entre ellas una historia en la que Taylor y Nova descubrían una civilización de humanos perdida en la jungla y encabezaban una rebelión contra los simios. Todas fueron rechazadas. Ninguna parecía capaz de situarse a la altura de la primera película.

La solución la hallaron en Gran Bretaña. Paul Dehn era un poeta y guionista especializado en películas de suspense como El espía que surgió del frío o Goldfinger de la saga Bond. Aquel mismo año 1968, envió un borrador de guión que contenía varias ideas que acabaron en la película final (y otras que no, como el nacimiento de un niño híbrido, mitad simio y mitad humano, figura que el estudio consideró demasiado delicada y susceptible de arrebatar la calificación “para todos los públicos”). En cualquier caso, Dehn no sólo firmó lo que se convertiría en el guión definitivo de Regreso al Planeta de los Simios (1970), sino que se convertiría en la fuerza creativa del resto de la saga.

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Dado que Franklin Schaffner se encontraba comprometido en otro proyecto, se contrató como director a Ted Post, un veterano del cine y la televisión. Éste, no obstante, estuvo a punto de dimitir cuando se enteró de que Charlton Heston, el pilar sobre el que se había sostenido la primera película, no iba a participar.

Heston estaba lejos de sentirse entusiasmado con la idea de una secuela y no tenia interés alguno en estar en ella. Sin embargo, no era un desagradecido y sabía muy bien que las recompensas –económicas y artísticas‒ que había obtenido de El Planeta de los Simios se las debía al responsable del único estudio que había confiado en el proyecto: Richard Zanuck. Así que accedió a participar en la nueva película siempre y cuando su personaje muriera en la primera escena. Tras un tira y afloja, se negoció que Taylor, efectivamente, desaparecería al comienzo del film y volvería a aparecer, ya para morir, al final.

Aun con el nombre de Heston en los créditos, Ted Post no lo iba a tener ni mucho menos fácil. La Fox había patinado estrepitosamente con una serie de musicales de gran presupuesto (Hello Dolly, El extravagante Dr. Doolitle, La estrella) y su situación financiera distaba de ser boyante. En consecuencia, el presupuesto asignado a Regreso al Planeta de los Simios se vio forzosamente recortado. Con 2.5 millones de euros, la mitad del presupuesto de la primera película, la secuela comenzó a rodarse en febrero de 1969.

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La historia arrancaba en el punto exacto donde finalizaba la primera película. Taylor se adentraba con Nova (Linda Harrison) en la Zona Prohibida. Tras presenciar una serie de extraños fenómenos, Taylor desaparecía misteriosamente. A continuación, se presentaba un nuevo astronauta, Brent (James Franciscus) que, como Taylor, se estrellaba en el planeta en el curso de una misión cuyo objetivo era averiguar el destino de sus predecesores.

Cuando Brent encuentra a Nova, se da cuenta de que ella conoce a Taylor y, por tanto, puede indicarle su paradero. Finalmente lo encuentra, pero no sin antes conocer a Cornelius y Zira y ser hecho prisionero por una raza de mutantes telépatas afectados por la radiación. Esos humanos moraban en las ruinas subterráneas de lo que una vez fue la Nueva York del siglo XX. En esas cavernas adoran a una bomba nuclear como si de un dios se tratase. Los simios invaden la ciudad y se entabla una batalla entre la inteligencia y la fuerza bruta que conduce a un apocalíptico final que parecía poner intencionadamente punto y final a cualquier posibilidad de continuar la saga.

Regreso al Planeta de los Simios arranca como una copia de su predecesora: un astronauta naufragado que encuentra una extraña civilización, se convierte en fugitivo y descubre que ha llegado al futuro de la Tierra. La dirección de Ted Post está poco inspirada y sus escenas de acción no alcanzan ni de lejos el dramatismo de las de Franklin Schaffner. Tampoco los diálogos tienen la chispa de los firmados por Rod Serling y Michael G.Wilson para la primera película.

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Es en la segunda parte cuando el film se atreve a tomar una dirección original, llevando a la pareja protagonista a un ambiente subterráneo con cualidades casi oníricas. El encuentro de Brent con los telépatas es ejemplar en su modo de representar la inferioridad de un hombre normal frente a aquellos dotados de poderes mentales, y Ted Post lo lleva a cabo de una forma intachablemente sencilla: sólo James Franciscus habla, respondiendo a unos pensamientos que únicamente él oye. La revelación de los auténticos y horrendos rostros de los mutantes corroídos por la radiación es igualmente memorable.

Dehn estaba obsesionado por los temas apocalípticos y el acechante espectro de la aniquilación nuclear y vertió esas ansiedades en la película. Conscientemente o no, su guión remitía a la historia de viaje temporal definitiva, La Máquina del Tiempo: un hombre de nuestra época (en este caso Brent) alcanza un futuro lejano para encontrar lo que queda de vida inteligente dividida en dos facciones encontradas que moran en niveles diferentes: la superficie (los simios) y el mundo subterráneo (los humanos mutantes).

Como su predecesora y sucesoras, Regreso al Planeta de los Simios ofrecía una reflexión sobre los turbulentos años sesenta y primeros setenta. Ciertamente, el temor nuclear de Dehn parece algo desfasado en un mundo en el que la contaminación medioambiental, la superpoblación y la desestabilización civil parecían ya amenazas más tangibles que la radiación, escenarios que llevaban años siendo asumidos por la ciencia ficción literaria. Más actual resultaba la nada sutil crítica a la intervención norteamericana en Vietnam, representada por el ejército gorila que, desoyendo las protestas de los pacifistas chimpancés, lanzan un ataque no provocado contra los humanos

La película discurre bajo la forma de una oscura sátira que alcanza su clímax más siniestro en los cánticos atonales que los mutantes dedican a su bomba. Y aunque toda la cinta ejerce una cierta fascinación malsana, no consigue mantener el pulso de la primera entrega. James Franciscus era una versión descafeinada del cínico y endurecido Heston, y su elección pareció obedecer más a su parecido físico con éste que a otras consideraciones. Por otra parte, la ilusión de semejanza entre ambos se disipa en cuanto comparten escena. McDowall, entonces dirigiendo una película en Escocia, no pudo participar y su personaje Cornelius fue interpretado por un menos inspirado David Watson.

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En un intento de superar el impacto de la escena final de El Planeta de los Simios, los productores decidieron enterrar toda la ciudad de Nueva York. Las impresionantes pinturas mate a base de fotografías retocadas que recreaban los restos de la antaño gran ciudad de Nueva York eran impresionantes (si bien los actuales residentes se sorprenderían al ver sus principales hitos colocados unos al lado de los otros). Fue un efecto que salió barato y resultó efectivo, pero la falta de presupuesto quedaba patente en otros aspectos igualmente llamativos, especialmente en el maquillaje de los monos: la mayor parte de los extras llevaban simples caretas, mientras que el maquillaje integral que tan buenos resultados había dado un par de años antes se restringió a los primeros planos. Además, se volvió a utilizar, casi sin tocarla, la ciudad de los simios construida hacía unos meses en el rancho de la Fox y se reciclaron decorados utilizados en la reciente Hello Dolly.

El nihilista final –sugerido por un Heston deseoso de cortar la posibilidad de ulteriores sagas‒, en el que un Taylor moribundo prefiere desatar el infierno nuclear antes de permitir que las dos enloquecidas civilizaciones, simios y humanos, pervivan, podría haber tenido fuerza, pero resulta tan abrupto y torpemente orquestado que deja al espectador oscilando entre la confusión y la risa.

La película se estrenó en mayo de 1970 y en esta ocasión la crítica no fue tan amable con ella. Al fin y al cabo, la sorpresa de la primera parte era imposible de replicar. Sin embargo, el éxito de taquilla fue indiscutible: la recaudación quintuplicó la inversión realizada.

Así, a la vista del resultado financiero, ni siquiera la destrucción del planeta fue capaz de poner fin a la franquicia de los simios. Cuatro meses después del estreno de Regreso…, el productor Arthur Jacobs envío un breve pero elocuente telegrama a Paul Dehn: “Los simios existen. Se requiere secuela”. El escritor tuvo que encontrar una forma de continuar una historia que, claramente, había llegado a su final. Su solución fue muy ingeniosa y el resultado, Huida del Planeta de los Simios, supuso el punto de inflexión de la saga.

La película se abre con una astronave de bandera americana estrellándose en el océano Pacífico, donde es recuperada por un destacamento militar. Cuando de ella salen tres astronautas y se quitan los cascos se descubre que se trata de tres simios: Cornelius (interpretado de nuevo por Roddy McDowall), Zira (Kim Hunter) y el doctor Miko (Sal Mineo). Según nos enteramos posteriormente, los tres chimpancés habían conseguido recuperar la nave de Taylor y el brillante Miko la había arreglado justo a tiempo para escapar de una Tierra cuya destrucción contemplan desde el espacio. Atravesando en sentido contrario el mismo agujero de gusano que llevó a Taylor al futuro, ellos retroceden hasta los años setenta del siglo XX.

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Con este atrevido giro argumental, Dehn no sólo salvó lo que parecía un callejón sin salida a tenor del remate de la película anterior, sino que abría todo un nuevo universo de posibilidades para la sátira y el drama social de corte realista. Porque Huida del Planeta de los Simios es, en realidad, una versión invertida del film original, pero ahora las simpatías del espectador se depositan en los chimpancés, que al principio son encerrados y estudiados, luego homenajeados y convertidos en celebridades.

El tono de comedia ligera de la primera hora de metraje se transforma en un siniestro thriller cuando un influyente científico y consejero del gobierno, el Dr. Hasslein (Eric Braeden), empieza a sembrar entre las autoridades la semilla de la duda. Hasslein supone –acertadamente‒ que los simios son heraldos de la caída de la civilización humana.

Cuando se entera de que, efectivamente, en el futuro serán los simios los que esclavicen a los hombres y de que Zira se encuentra embarazada, Hasslein da la orden de matarlos para modificar el curso de la historia y evitar el declive de la raza humana como especie dominante. Ambos simios logran escabullirse y Zira da a luz, pero finalmente sus perseguidores los alcanzan y asesinan. En esta ocasión, sin embargo, el guionista Paul Dehn dejó abierta una puerta que permitiera continuar la historia: el hijo de ambos chimpancés se salva al hallar cobijo en un circo dirigido por Armando (Ricardo Montalbán), su bondadoso propietario.

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Huida del Planeta de los Simios obliga a hacer la vista gorda sobre una serie de incoherencias con las películas anteriores, especialmente el que una sociedad tecnológicamente primitiva como la de los simios fuera siquiera capaz de comprender una astronave; por no hablar de la hazaña de rescatarla del fondo del profundo lago en el que se había hundido al principio de la primera parte. Pero también pasa por alto que en El Planeta de los Simios se había establecido la ignorancia de su cultura respecto del pasado de la Tierra y el dominio del hombre.

En Huida…, Cornelius y Zira citan los textos sagrados como fuente de su conocimiento del declive de la civilización humana y la rebelión de los simios.

Si obviamos lo anterior, Paul Dehn consigue dar un vuelco a la saga y sacar el máximo provecho del tópico del viaje temporal, construyendo una inversión de la historia de la primera entrega, solo que aquí son los simios los que se encuentran sumidos en una sociedad humana que los contempla con asombro. Ambas películas tenían desarrollos similares: los protagonistas son recluidos en zoos donde una pareja de amables científicos descubren sus habilidades e inteligencia; a continuación, se revela que su existencia supone una amenaza para la élite científica, quien dictamina su ejecución.

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Con todo, en Huida del Planeta de los Simios encontramos las mayores dosis de humor de toda la saga, articuladas en escenas donde Roddy McDowall y Kim Hunter demuestran su talento interpretativo. Ambos lo hacen mucho mejor que el resto del acartonado reparto (la única excepción es Eric Braeden que como Dr. Hasslein consigue transmitir una sensación de amenaza y peligro sin recurrir al tópico de científico perverso y retorcido). Por su parte, el director, Don Taylor –quien se encargaría de otros films de ciencia ficción en los años siguientes, como La Isla del Dr. Moreau o El Final de la Cuenta Atrás‒, lleva a cabo un trabajo funcional y poco inspirado que, por fortuna, no consigue estropear la ingeniosa historia.

La segunda película había tenido un éxito más modesto que la primera y el estudio pensaba que esa tendencia continuaría con la tercera entrega. Por tanto, asignó un presupuesto más limitado. Desde luego, el tener solo tres simios en la película supuso un considerable ahorro en maquillaje. Como también lo fue limitar el rodaje a Los Ángeles y sus alrededores.

Huida del Planeta de los Simios, alejándose del futuro y examinando a los Estados Unidos de la época, cuestionaba el alcance del poder gubernamental sobre sus ciudadanos –o quienes no lo son‒. Su combinación de comedia ligera, sátira social y thriller y su final agridulce al tiempo que esperanzador, la convierte en la mejor de todas las secuelas de la saga.

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La tercera película de la saga volvió a triunfar en taquilla. La idea de Dehn había obtenido buenos resultados y los productores no tardaron en recibir el encargo de un cuarto film. Esta entrega, La Rebelión de los Simios (1972) estaría destinada a ser la más controvertida de la serie.

El comienzo de la acción se sitúa en el año 1991, ocho años después de que una plaga haya matado a todos los perros y gatos de la Tierra. Añorando a sus animalitos, los humanos empezaron a adoptar como mascotas a los simios, que, gracias a su superior inteligencia y destreza, no tardaron en convertirse en sus sirvientes y, después, sus esclavos (historia que ya había sido narrada por Cornelius y Zira en Huida del Planeta de los Simios). En ese distópico futuro (hoy nuestro pasado), una organización conocida como Control de Simios supervisa la compra, adiestramiento y venta de simios a particulares e instituciones.

César (Roddy McDowall), el pequeño chimpancé hijo de Cornelius y Zira que al final de la película anterior había sido dejado a cargo de Armando, el propietario de un circo, acaba viéndose obligado a vivir en el mundo real y contempla y experimenta con indignación la crueldad y humillaciones a las que son expuestos sus congéneres. Amargado por lo que ve a su alrededor y afectado por la muerte de su “padre” Armando cuando intentaba protegerlo, César organiza un alzamiento violento de los simios contra sus opresores. Da así comienzo el declive de la civilización humana.

Cada película de la saga había visto su presupuesto recortado respecto a su inmediata antecesora y Rebelión… no fue una excepción. El director J. Lee Thompson era un veterano en cuyo currículo figuraban títulos como El Cabo del Miedo o Los cañones de Navarone. Teniendo en cuenta que su misión era mostrar una revolución multitudinaria, Thompson hizo lo que pudo dadas las limitaciones financieras con las que tuvo que contar (menos de 1.5 millones de euros).

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El destino quiso que recientemente se hubiera construido un complejo residencial y comercial llamado Century City sobre unas tierras antaño propiedad de la Fox. Era un complejo arquitectónico brutal, edificado a base de abundante hormigón y agresivos ángulos que proporcionaría el decorado apropiado para una ciudad futurista de corte distópico. El director completó el efecto escogiendo una limitada gama de colores (básicamente rojo y negro), rodando cámara en mano y recurriendo a lentes de gran angular que causaban un efecto desorientador e inquietante.

McDowall volvió a demostrar su talento dando vida al resentido César, un simio forzosamente muy diferente de su bondadoso padre. Su apasionado discurso final, en el que anuncia “el inevitable día de la caída del Hombre”, cuando las ciudades humanas queden sepultadas por escombros radioactivos, es la cumbre interpretativa del actor dentro de esta saga.

El espectador, no obstante –y como sucedía en las otras películas de la saga‒ debe realizar un ejercicio de suspensión de la realidad en ciertas escenas, como aquella en la que César finge su muerte en el potro de tortura. Aunque el brutal estado policial se retrata de forma sencilla pero efectiva, su sociología es absurda; por ejemplo, resulta difícil de creer que los simios pudieran ser capaces de realizar tareas tan complejas como las que se muestran; el argumento de que todo lo que necesitan los simios para hablar –a pesar de su carencia de cuerdas vocales‒ es tener a alguien que les enseñe, es igualmente es inverosímil.

El montaje inicial de Rebelión… tenía un tono mucho más violento y políticamente controvertido que sus predecesoras, consideradas como un agradable entretenimiento familiar. La rebelión de los simios fue ideada de acuerdo a los disturbios raciales que tuvieron lugar en el barrio de Watt, en Los Ángeles, en agosto de 1965, los más graves experimentados por la nación hasta los de 1992. Las referencias y paralelismos que traza la historia con la lucha por los derechos civiles y el movimiento Black Power resultaban asimismo evidentes (parece ser que la película tuvo un especial éxito entre el público negro).

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Los pases preliminares, con los simios rebeldes muriendo ametrallados o abrasados y las explícitas peleas cuerpo a cuerpo con la policía, confirmaron los temores del estudio: la calificación “familiar” de la saga que tan buenos resultados económicos le había proporcionado a la Fox, estaba en peligro. Así que los productores exigieron un recorte sustancial en la violencia. Se eliminaron ciertos planos y McDowall hubo de grabar una versión menos virulenta de su discurso final. Esta última modificación resulta desde luego postiza y poco creíble además de afectar negativamente al impacto de la película, pero al mismo tiempo puso las bases para resolver un problema narrativo que el propio Dehn había creado.

Efectivamente, el guionista consideraba que las cuatro películas de la saga formaban parte de una línea temporal coherente, pero en realidad había caído en una paradoja temporal de difícil solución. Porque, ¿cómo es posible que César hubiera liderado la revolución que llevó al ascenso de la civilización simia, si sus padres habían sido viajeros temporales provenientes de un futuro aún inexistente? Cornelius y Zira jamás habrían existido sin la lucha iniciada por su hijo en el pasado, pero, al mismo tiempo, César no habría existido sin el viaje de Cornelius y Zira. Es un bucle que ejemplifica la clásica paradoja temporal y un ejemplo perfecto de por qué el viaje en el tiempo ejerce tanta fascinación. Algunos argumentan que el tiempo es un círculo cerrado; otros insisten en que cualquier cambio en el pasado dará como resultado la aparición de una línea temporal alternativa. Esta última es la explicación que eligió Dehn para finalizar la saga en la siguiente y última película.

A pesar de su contenido violento y políticamente incendiario, del menguante presupuesto, del recelo de los padres y de la calificación “para menores acompañados”, La Rebelión de los Simios volvió a arrojar buenos resultados económicos para la Fox.

La quinta y última película de la saga original, La Batalla por el Planeta de los Simios (1973), sugería la posibilidad de que, después de todo, el futuro no estaba definido de forma categórica. Paul Dehn había planeado un final tremendamente oscuro para la saga, con César convertido en un emperador loco que realizaba experimentos en humanos para extirpar su capacidad de hablar. Sin embargo, la Fox y el productor Arthur Jacobs no querían replicar el tono violento de la cinta anterior y se inclinaban en cambio a continuar la historia con un regreso al cine más familiar.

Así, contrataron al matrimonio de guionistas compuesto por John y Joyce Corrington (responsables del guión de El último hombre… vivo”), quienes escribieron una historia ambientada diez años después de los acontecimientos narrados en Rebelión en el Planeta de los Simios.

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Ya ha tenido lugar el profetizado conflicto nuclear y ahora César y los simios supervivientes viven en una comunidad primitiva que, supuestamente, acabará evolucionando en el futuro en la ciudad que vimos en la primera película (el espectador tiene que creer que los simios han aprendido a hablar en el curso de unos pocos años, hazaña asombrosa incluso aunque, como dijimos, los monos contaran con cuerdas vocales). Por su parte, los humanos viven junto a los simios, no como esclavos pero tampoco como iguales.

Algunos de los hombres que se quedaron en la ciudad cuando cayeron las bombas atómicas han conseguido sobrevivir a costa de sufrir mutaciones y permanecer recluidos en el subsuelo. Sus descendientes serán los fanáticos que el espectador pudo ver en Regreso al Planeta de los Simios.

En el curso de una expedición a la Zona Prohibida, César ve unas viejas grabaciones de sus padres y averigua el secreto de la futura destrucción de la Tierra. Mientras tanto, la frágil paz existente entre simios y humanos se ve amenazada por un motín organizado por los gorilas y liderado por el general Aldo (Claude Akins). Las cosas empeoran cuando los humanos de la Zona Prohibida lanzan un ataque contra el asentamiento simio.

Imagen superior: Paul Williams, caracterizado como el orangután Vigil, de "La Batalla por el Planeta de los Simios" ("Battle for the Planet of the Apes"), cantó en el programa de Johnny Carson en 1973.

Tras cuatro películas, la saga de los simios comenzaba a mostrar claras tensiones narrativas. En buena medida, ello se debió a la incompatibilidad de un ambicioso guión con el magro presupuesto asignado. Había demasiados elementos puestos en juego –las tensiones cotidianas entre simios y humanos, los gorilas insurrectos, el ataque de los mutantes subterráneos, la obsesión de César por la historia de sus padres…‒ como para que todos pudieran recibir un tratamiento adecuado.

Es más, el espectador podría llegar a preguntarse si no se había perdido una película entre Rebelión... y La Batalla…, puesto que la primera finalizaba con los simios organizando su insurrección contra los humanos mientras que la segunda empieza con ambas especies viviendo en paz, por no mencionar que ha tenido lugar nada menos que una guerra nuclear. Todas esas piezas son introducidas sin demasiado acierto ni sentido del orden en un guión con diálogos pretenciosos en busca de una postiza profundidad.

La batalla final es harto rudimentaria y poco satisfactoria (más parece una escaramuza entre pandilleros que un decisivo enfrentamiento entre especies), consecuencia de un presupuesto incapaz de atender las necesidades estéticas del guión. Está elaborada a base de planos cortos y montaje acelerado que tratan de ocultar la evidente falta de extras. Los productores se vieron incluso obligados a recortar el número de simios debido al tiempo que se invertía en maquillar a los actores. Había que rodar rápido y hacerlo barato.

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Un director con talento lo hubiera tenido difícil, pero para J. Lee Thompson fue imposible. Su dirección es monótona y previsible, un preludio de su etapa de declive como realizador que se confimaría en los setenta y ochenta con una serie de horribles películas protagonizadas por Charles Bronson y el ridículo remake de Las Minas del Rey Salomón.

En general, toda la producción irradia una sensación de cansancio, de cortedad de medios, que las buenas interpretaciones de Roddy McDowall, Lew Ayres y Severn Darden no consiguen compensar.

Por no ser completamente negativos, podemos mencionar como punto de interés la esperanzadora sugerencia de que el apocalíptico futuro visto en las dos primeras películas podría ser evitado, rompiendo lo que parecía un círculo temporal ineludible. La película finaliza de forma un tanto ambigua, apuntando a la posibilidad –que no la seguridad‒ de que simio y hombre puedan alcanzar una coexistencia pacífica. Esa idea de que una catástrofe futura pueda no ser inevitable volvería a sustentar años después otra exitosa franquicia, la de Terminator, aunque con un resultado muy diferente.

Desde el comienzo de su producción, el estudio supo que La Batalla por el Planeta de los Simios sería la última película. Cada entrega había ido obteniendo peores resultados de taquilla y continuar la historia no sólo resultaría arriesgado desde un punto de vista narrativo, sino que hacerlo con un presupuesto igual o inferior al de las anteriores hubiera supuesto una grave equivocación.

Para cuando se dio cerrojazo a la saga cinematográfica, Arthur Jacobs hacía ya un par de años que venía sopesando la posibilidad de llevar su creación al medio televisivo. Sin embargo, ocupado con otras producciones (no sólo las películas de simios sino otras como Sueños de un seductor o Adiós, Mr. Chips), no había encontrado el tiempo necesario. Ya no lo hallaría. Falleció de un ataque al corazón en junio de 1973. Sólo tenía 51 años.

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Imagen superior: Ron Harper y James Naughton en la teleserie producida por la CBS en 1974.

Tras la muerte de Jacobs, su productora vendió todos los derechos sobre la franquicia a la Fox, quien, a su vez, cedió los derechos televisivos a la CBS. En septiembre de 1973, un pase de las tres primeras películas obtuvo una gran audiencia, por lo que se decidió continuar la saga en la pequeña pantalla, con una serie estrenada en septiembre de 1974.

Impulsados más de mil años al futuro al atravesar su nave una brecha temporal, los astronautas Alan Virdon (Ron Harper) y Pete Burke (James Naughton) se encuentran con que el mundo ha sufrido una transformación radical: los simios son la especie gobernante, los hombres son sus esclavos y la tecnología ha revertido a un estadio primitivo.

La serie se acomodó inmediatamente en la fórmula narrativa de El fugitivo: semana tras semana, ambos astronautas eran perseguidos por los gorilas encabezados por el brutal general Urko (Mark Lenard), quien los veía como elementos desestabilizadores de su sociedad. Virdon y Burke, mientras tanto, no renunciaban a la esperanza de regresar a su propia época. El inteligente chimpancé Galen (Roddy McDowell) se convertía en su aliado. El tercer simio con un papel protagonista era el consejero Zaius (Booth Colman), un orangután que pasaba la mayor parte del tiempo tratando de moderar los excesos de Urko.

Aunque concebido como un programa de acción sin complicaciones dirigido básicamente a una audiencia infantil, la serie consiguió mantener algunos de los elementos alegóricos de la saga original y la novela de Boulle, utilizando la sociedad simia como base para realizar agudos comentarios sobre la moralidad, prejuicios y miedos de nuestra propia especie.

Por desgracia, el formato televisivo pareció privar a los simios de su magnetismo. Aunque en otros países atrajo a una gran audiencia, en Norteamérica no superó el 27%, tres puntos por debajo de lo que entonces se estimaba el mínimo para mantener un programa en las ondas. Así, la CBS cortó abruptamente la producción tras catorce episodios, en diciembre de 1974, dejando la historia en el aire.

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Igualmente tibia acogida recibió una serie de animación producida por la NBC en 1975, Regreso al Planeta de los Simios (1975). Sus trece episodios volvían sobre el mismo tema: astronautas humanos transportados al futuro dominado por los simios, si bien en esta ocasión éstos disfrutaban de un nivel tecnológico equivalente al nuestro. Sus peripecias se limitaban a tratar de escapar de ellos, averiguar lo sucedido y proteger a sus congéneres. Tomó prestados personajes de las películas, la serie de televisión y la novela (Zaius, Urko, Cornelius, Brent, Nova o los mutantes subterráneos).

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Por aquellos años, la popularidad de los simios obtuvo cotas fenomenales: en 1970, Gold Key fue la primera en publicar un comic basado en la franquicia (la adaptación de la primera película); entre 1974 y 1977, Marvel Comics editó una revista en blanco y negro que incluía adaptaciones de las películas, historias originales y artículos; y otras editoriales en lugares tan distantes del mundo como Gran Bretaña, Japón, Argentina, Filipinas o Hungría realizaron sus propias traslaciones al lenguaje de las viñetas.

El merchandising fue asimismo sensacional. Más de sesenta empresas recibieron licencias para vender cientos de artículos con la imagen de los simios: muñecos, máscaras, material escolar, juegos… La franquicia fue pionera en este aspecto, recogido y aumentado pocos años más tarde por Star Wars y hoy parte habitual del lanzamiento de muchas superproducciones.

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Imagen superior: "El Planeta de los Simios" ("Planet of the Apes", 2001), de Tim Burton © The Zanuck Company, 20th Century Fox.

El Planeta de los Simios fue objeto de un remake en 2001 bajo la dirección de Tim Burton si bien, reflejando el cambio en las ansiedades que bullían en la sociedad del momento, la pesadilla nuclear como punto de partida del ascenso de la civilización simia fue sustituida por experimentos genéticos fuera de control. El anuncio de su producción fue recibido con gran interés, especialmente la noticia de que Rick Baker, el mago del maquillaje, se encargaría de ese apartado, así como los cameos de Linda Harrison y Charlton Heston. Las expectativas fueron rápidamente ahogadas en el momento de su estreno merced a un trabajo mediocre e insulso (entre otras cosas, Mark Wahlberg no es Charlton Heston).

La saga de El Planeta de los Simios fue importante por muchas más razones que el innovador maquillaje y sus escenas icónicas. Como visiones distópicas del futuro, estos films surgieron durante un tiempo de crisis de valores y tales momentos históricos son terreno fértil para propuestas apocalípticas articuladas a través de historias en las que se plantean cambios radicales, rupturas entre el pasado y el futuro.

Como otras películas de la misma época, el suyo era un mensaje de advertencia inspirado por los movimientos contraculturales: de seguir por el sendero de la proliferación nuclear y la injusticia social, el resultado sería la destrucción no sólo de Norteamérica, sino también de toda la Humanidad.

Aunque las de la saga de los simios no fueron las primeras películas en imaginar el fin de la civilización humana, desde luego sí se encuentran entre las más originales, más completas y más complejas (si bien la serie televisiva contradecía algunos de los hechos establecidos en las entregas cinematográficas). Las secuelas son contempladas con cierto desprecio por los críticos, pero lo cierto es que a diferencia de muchas de las sagas cinematográficas de los ochenta y noventa (La Profecía, Viernes 13, Pesadilla en Elm Street…) no se limitaron a repetir una y otra vez el esquema de la película original, sino que cada una contó una historia diferente, una pieza más de ese futuro de ficción.

Es más, los creadores de la saga comprendieron perfectamente las posibilidades de la ciencia ficción como medio para transmitir, camufladamente, mensajes potencialmente muy controvertidos.

Eran unos años particularmente convulsos en Estados Unidos; muchos ciudadanos comenzaban a dudar de la solidez de su democracia, tal y como en la primera película refleja la sarcástica risa de Taylor cuando su compañero planta una pequeña bandera americana en el suelo del planeta al que acaban de arribar. En ese contexto, las cinco películas de los simios abarcaron desde los conflictos raciales y de clase al fundamentalismo religioso, los derechos de los animales, la Guerra Fría, la estulticia intelectual, la intervención en la Guerra de Vietnam y la incapacidad de los humanos para vivir en paz a causa de su sustancial primitivismo.

Bajo su aparente fachada “palomitera”, estas películas hicieron lo que las mejores obras de ciencia ficción: animar al espectador a reflexionar y, no menos importante, hacerle aceptar finales a menudo trágicos, pero verosímiles y coherentes con la historia narrada.

Por todo ello, cuarenta años después de su estreno, podemos afirmar que El Planeta de los Simios fue algo más que una simple franquicia de éxito. Fue, y sigue siendo, un fenómeno cultural.

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Imagen superior: "El Origen del Planeta de los Simios" ("Rise of the Planet of the Apes", 2011), de Rupert Wyatt © 20th Century Fox, Chernin Entertainment, Dune Entertainment.

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Imagen superior: "El Amanecer del Planeta de los Simios" ("Dawn of the Planet of the Apes", 2014), de Matt Reeves © Chernin Entertaiment, TSG Entertainment, 20th Century Fox.

Imagen superior: "La Guerra del Planeta de los Simios" ("War for the Planet of the Apes", 2017), de Matt Reeves © TSG Entertainment, Chernin Entertainment, 20th Century Fox.

Imágenes y logotipos de la saga clásica © APJAC Productions, Twentieth Century Fox Film Corporation, Twentieth Century Fox Home Entertainment.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar).

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