"París en el siglo XX" (1863), de Julio Verne

"París en el siglo XX" (1863), de Julio Verne Imagen superior: "Un Quartier Embrouille", de Albert Robida ("Le XXeme Siecle", c. 1890).

A menudo se suele presentar a Julio Verne como un precursor visionario de la tecnología en su vertiente más luminosa, poniendo como ejemplo dos de sus novelas más famosas, De la Tierra a la Luna y Viaje alrededor de la Luna, en las que el ingenio humano es capaz de salvar obstáculos aparentemente infranqueables.

Los héroes de sus novelas son frecuentemente personajes ejemplares, íntegros y valerosos como Miguel Strogoff; o sabios un tanto excéntricos pero llenos de energía y pasión, como el profesor Lidenbrock de Viaje al Centro de la Tierra o Paganel, de Los Hijos del Capitán Grant. Sus conocimientos, unidos a la rectitud moral y al coraje, les hacen salir airosos de empresas colosales, en ocasiones haciendo uso de la tecnología y la ciencia.

Pero lo cierto es que, en el fondo, Verne era un conservador que abrigaba no pocas reservas hacia el progreso técnico y las consecuencias de éste sobre la sociedad. Esta cara oscura siempre estuvo presente (el Nautilus del capitán Nemo no sólo es un maravilloso invento que permite desentrañar los misterios del mundo submarino, sino que también se utiliza como un arma temible que condena a muerte a cientos de personas). Sin embargo, fue en la última etapa de su producción donde se hace más patente: Los 500 millones de la princesa india, Robur el Conquistador o Ante la bandera son buenos ejemplos de ello, de los cuales hablaremos en sus respectivos artículos.

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Imagen superior: "La Sortie de l'opéra en l'an 2000" (c. 1902), de Albert Robida.

Se ha dicho que Julio Verne era un optimista convencido del progreso de las ciencias, pero que las vicisitudes de su vida (la guerra de 1870, un matrimonio infeliz, una difícil relación con su problemático hijo, la muerte de su editor, protector y amigo Pierre J. Hetzel) enturbiaron sus visiones de un futuro mejor gracias a la tecnología. El descubrimiento de París en el siglo XX, escrita en el comienzo de su carrera y antes de sus más famosas novelas, demuestra que esa visión pesimista existió desde el principio. Simplemente, ante la desaprobación de su editor, la ocultó.

El protagonista del libro, Michel Dufrenoy, es un poeta frustrado. La sociedad del siglo XX desprecia todo aquello que no es práctico y rentable. Todo está centrado en el dinero: "El demonio de la fortuna los empujaba hacia delante sin piedad ni descanso", escribe Verne. Ello ha llevado a una obsesión por las ciencias y la técnica que ha convertido en objeto de ridículo a aquellos que demuestran interés o talento en las artes, la literatura o los conocimientos humanísticos. "Mientras los profesores de griego y de latín acababan de extinguirse en sus clases abandonadas, ¡qué posición, en cambio ,la de los señores titulares de ciencias, y cuán distinguidos eran sus emolumentos!" Incluso la poesía de la época tiene títulos como "Armonías eléctricas", "Meditaciones sobre el oxígeno", "Paralelogramo poético" u "Odas descarbonatadas".

Tal actitud es apoyada enérgicamente por el Estado. Al comienzo del libro, Verne describe una especie de Superministerio de Educación, llamado Sociedad General de Crédito Instruccional: "Aunque ya nadie leía, al menos todo el mundo sabía leer, incluso escribir; no había hijo de artesano ambicioso, de campesino desplazado, que no pretendiera un puesto en la Administración. El funcionarismo se desarrollaba bajo todas las formas posibles". ¿Nos resulta familiar? Y sigue: "Construir o instruir es una misma cosa para los hombres de negocios, pues la instrucción no es, en realidad, más que un tipo de construcción algo menos sólida". De ese ministerio, dirigido bajo la forma de una sociedad industrial, dice Verne: "no hay un solo nombre de erudito ni de profesor en el consejo de administración. Era más seguro para la empresa comercial".

El resto del relato nos lleva a visitar, siguiendo la trayectoria del aburrido Michel Dufrenoy, diferentes partes de ese París del futuro, la verdadera razón de ser del libro, una ciudad que precede en muchos aspectos los Londres de George Orwell (1984) y Terry Gilliam (Brazil).

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Tras ganar un premio de poesía otorgado por la Sociedad General de Crédito Instruccional, el joven Michel debe comenzar a trabajar en el banco de su primo ("No quiero talentos, quiero capacidades", le espeta su tío, un importante hombre de negocios), donde se le asigna a una especie de computadora/calculadora. A la vista de su total ineptitud para manejar el teclado, se le traslada a otro puesto donde conoce a un soñador como él, Quinsonnas, que introduce a Dufrenoy en un pequeño círculo de bohemios apasionados por la literatura y la música.

La alienación del que es diferente, la opresión de una sociedad hipertecnificada y obsesionada por el dinero y los inventos, y la aberración en que se convierten las relaciones humanas quedan aliviados en cierto modo por el cáustico sentido del humor que despliega Verne, con una acidez que recuerda a Jonathan Swift o Mark Twain.

Imagina un barrio en el que "no se ofrecía un solo alojamiento a los habitantes de la capital; entre otros la Cité, donde se erguían el Tribunal de Comercio, el Palacio de Justicia, la Jefatura de Policía, la catedral, el depósito de cadáveres, es decir, lo necesario para ser juzgado, condenado, encarcelado, enterrado e incluso salvado. Los edificios habían expulsado a las casas".

No deja de asombrar que, aun utilizando el humor, Verne describiera con tanta precisión el actual barrio parisino que lleva el mismo nombre que el imaginó, construido más de cien años después de escribirse este libro y veinte años antes de que se publicara.

Verne predice también que en el patio del Louvre se construiría una estructura moderna y geométrica ‒y de bastante mal gusto‒. La famosa pirámide de cristal de I.M. Pei se terminó en 1989 en el mismo lugar que menciona la novela. También predijo una estructura parecida a la Torre Eiffel, aunque esta se construiría 24 años más tarde, en 1887. Anticipó asimismo los altos edificios de pequeños apartamentos y la necesidad de adaptar los muebles a esos diminutos espacios, así como un altísimo grado de polución ambiental.

Además del ambiente urbano, otra de las claves del libro son las proyecciones tecnológicas que hace el autor. Y en este caso supera con mucho a sus otras obras. París se ha convertido en una megaurbe en la que sus ciudadanos acceden a los suburbios gracias a una red de trenes de cercanías. El transporte urbano se completa con un ferrocarril ligero y elevado impulsado por una combinación de aire comprimido y fuerza electromagnética. La energía es generada por molinos eólicos; las calles se iluminan con lámparas eléctricas que se encienden y apagan centralizadamente; las casas tienen portero automático, aire acondicionado y ascensor; los automóviles se impulsan por gas hidrógeno; en los bancos se utiliza un trasunto de fax, las cuentas se realizan con máquinas calculadoras y las cajas fuertes disponen de mecanismos eléctricos de seguridad, el gobierno utiliza la silla eléctrica para ejecutar a los reos ... Por supuesto, también hay otras predicciones que no han llegado a cumplirse, como la desaparición de las guerras o la muerte de la política sustituida por una especie de órgano gestor de carácter semihereditario cuyo único interés es la productividad.

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Verne era un ávido lector de todo tipo de revistas especializadas, y a lo largo de los años, organizó una enorme base de datos de la que extraía la información que precisaba para los detalles técnicos, científicos y geográficos de sus novelas. Muchas de las invenciones futuristas que describe no eran sino descripciones algo mejoradas de invenciones reciéntes o cuyas investigaciones se hallaban bastante avanzadas. Por ejemplo, los coches que Verne describe se basan en el motor de explosión que Lenoir había inventado en 1859, por mucho que no se aplicara al automóvil de Daimler hasta 1889. El "facsímil" no es sino el Pantelégrafo Caelli, inventado en 1859, que permitía la reproducción telegráfica de la escritura y el dibujo. El ascensor de Otis fue instalado en un edificio por primera vez en 1853. Y, como ocurre todavía en algunas papeleras industriales, lo que convierte en pocas horas un tronco de árbol en papel es el procedimiento de Watt y Burguess elaborado en 1859.

El editor Pierre J. Hetzel había sido el único en confiar en Julio Verne al publicar Cinco semanas en globo en enero de 1863 (cuando el escritor ya contaba 35 años), una novela de viajes y aventuras en el entonces inexplorado interior africano. Pero el siguiente libro que presentó el autor, París en el siglo XX, cambiaba totalmente el registro de un modo que a Hetzel no le gustó nada. Sus críticas demoledoras, incluso insultantes ("un desastre... como escrito por un niño... nada original... mediocre... sin chispa") quedaron consignadas en los márgenes del manuscrito original y en el borrador de una carta dirigida a Verne.

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Hetzel era un buen editor y conocía los gustos del público, como quedó ampliamente demostrado. Vió en aquel manuscrito un estilo excesivamente teatral, unos personajes endebles y una línea narrativa poco sólida, todo lo cual era cierto y producto de la bisoñez de Verne. Además, esa visión pesimista del futuro no se correspondía con el luminoso proyecto de los "Viajes Extraordinarios" que Hetzel tenía en mente, ese intento de acercar el saber humano a los jóvenes mediante una serie de novelas en las que se exaltaba la exploración científica y el avance tecnológico.

"Mi querido Verne" escribió Hetzel, "aunque fuera usted profeta, nadie creería hoy en su profecía". Aquello fue definitivo. La siguiente obra de Verne en ver la luz sería otra novela de aventuras, Viajes y aventuras del capitán Hatteras. Su vena futurista/pesimista quedó enterrada hasta que bastantes años después su celebridad le permitió exponerla de nuevo aunque nunca de manera tan clara como aquí.

El manuscrito se olvidó y durante mucho tiempo se creyó perdido. En los años ochenta del siglo XX, se confirmó su existencia gracias al hallazgo del borrador de la corrosiva carta de Hetzel a la que hemos hecho referencia antes, y unos años después el bisnieto de Verne encontró el manuscrito olvidado dentro de una caja fuerte que había pertenecido a su abuelo y cuya llave se había perdido.

Cuando se publicó, en 1995, se convirtió en un éxito editorial y fue recibido por los críticos como un trabajo de "importancia histórica inestimable". Incluso se sugirió que se le otorgase el premio Hugo (el máximo galardón que se otorga a obras de CF publicadas el año precedente). Los expertos vernianos afirmaron que ningún otro de los trabajos del autor se había acercado tanto a la imagen del futuro como esta obra, por mucho que la calidad literaria y la línea argumental, casi inexistente, son propias de una obra primeriza.

En la actualidad disfrutamos de una perspectiva que el editor no pudo tener: el poder contrastar el grado de predicción y juzgar el valor de las intuiciones de Verne. Ya hemos hablado de los inventos y cómo éstos transforman el paisaje urbano. Lo que convierte a este libro en una auténtica novela de anticipación es su cuestionamiento no sólo del culto a la máquina, sino también de la sociedad, el dinero, la política y la cultura de su propio tiempo, a los que proyecta en el futuro.

Verne vivió el auge del positivismo industrial, la doctrina económica del laissez-faire y un crecimiento apoyado en las nuevas tecnologías. Dada la confusión que en el siglo XIX produjeron todos estos cambios, no es extraño que la mayoría de las obras de CF viera un porvenir amenazador en el que se perdía tanto o más que lo que se ganaba.

La sociedad opresiva que dibuja no es sólamente propia de regímenes capitalistas. La subordinación de las formas artísticas a los intereses industriales, apoyada y laureada por las instituciones, recuerda a los disparates "artísticos" de la Unión Soviética y su dirigismo absoluto, donde "artistas" y "poetas" dedicaban sus esfuerzos a alabar la productividad del trabajador, la industria soviética y la gloria del régimen.

Del mismo modo, Verne critica la sujección del arte a las exigencias del más burdo populismo: "Este mundo ya no es más que un mercado, una inmensa feria, y hay que entretenerlo con numeritos de titiritero". Cualquiera puede pensar que esa afirmación, está hoy más ajustada a la globalización capitalista que vivimos de lo que estuvo en tiempos de Verne, cuando pudo sonar exagerada. Las mujeres, antes coquetas y elegantes, se convierten en seres más masculinos: cínicas, endurecidas, obsesionadas por su carrera profesional. Hasta la música moderna, discordante y carente de armonía, es presa del humor caústico de Verne: "Durante el siglo pasado, cierto Richard Wagner, una especie de mesías al que no se ha crucificado lo suficiente, fundó la música del futuro, y ahora la estamos padeciendo. [...] La gente ya no aprecia la música, se la traga".

Esta fue la novela que más se adentró en la CF de todas las que escribió Verne y el tiempo no sólo no le ha restado validez sino que, en muchos aspectos, le ha dado la razón a su autor. Los aficionados al escritor y quienes hayan leido las aventuras de Phileas Fogg o el capitán Nemo se llevarán una buena sorpresa al entrar en este cuento oscuro de un futuro opresivo, injusto y espiritualmente hueco carente de héroes. Esta novela no es un panegírico del mero progreso científico, sino una reflexión sobre el coste que éste supone.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC. Reservados todos los derechos. 

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar).

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